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lunes, 27 abril 2020

Soy una mujer abusada y me demoré 30 años en perdonar, soltar y sanar

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Tal vez el titulo pueda sonar a un mantra, algo que hoy en día se ha vuelto mas común entre nosotras, necesitamos tener una conexión con nuestro YO, respetarnos,  aceptarnos y por sobre todo amarnos.

Antes de sentarme a escribir este pequeño articulo, debo reconocer que a mis 44 años, he pasado por muchas cosas y siento el deber de expresarlas para canalizar mis heridas, sanarlas y por fin liberar a la mujer que se merece vivir una vida plena.

#NiUnaMenos, les suena…o Las Tesis con su gran propuesta que genero un cambio a nivel mundial, nuestras voces se escucharon como nunca, Y LA CULPA NO ERA MIA…pues bien, la culpa no fue mía, pero llevo 30 años repitiendo ese verso y no logro hacerlo mío.

Aún recuerdo la primera vez que mi madre me presentó a quien fue por muchos años el hombre que logro dañar a una niña, que por cierto nunca tuvo la culpa de todo lo que la hicieron pasar, digo hicieron, porque dentro de todo mi madre aunque me duela reconocerlo fue parte de todo este dolor.

Es increíble como una pequeña sin tener voz para expresar sus sentimientos, sus miedos y el temor a morir a manos de un hombre que la estaba destruyendo, pueda seguir con su vida, bloqueando por completo esos momentos.

He pensado muchas veces que los niños tienen esa capacidad, poseen una mente muy poderosa y una inocencia aun mayor, que los ayuda a sortear todos estos episodios terribles.

Por eso creo que es muy importante tener en cuenta las señales de nuestros hijos, sus cambios en la rutina, su carácter o cualquier detalle que nos llame la atención en ellos. Es importante no pasarlo por alto, puede marcar la diferencia, en mi caso si algún adulto se hubiese percatado de lo que me pasaba, tal vez el daño y mis heridas no serian profundas.

No logro recordar en qué momento lo que parecía un juego entre él y yo, pasó a ser algo malo, es decir, me di cuenta que lo que hacía no era normal entre un adulto y una niña.

Tengo claro que ya en mi adolescencia me incomodaban sus miradas, NO ENTIENDO por qué mi madre permitió que él durmiera en la misma cama conmigo…no poder entrar al baño con la puerta cerrada por que a él le molestaba, que no me dejaran salir, tener amigos. No era el temor a que me pasara algo, si no en su mente enferma él pensaba en mi como una mujer, como su mujer y que nadie más podía mirarme y mucho menos acercarse a mi.

A los 14 años, me armé de valor y lo enfrenté, lo hice muchas veces, incluso cuando golpeaba a mi madre, pero lo único que conseguía eran golpes de vueltas, en una oportunidad se le pasó la mano y me tiró al suelo. Fue una golpiza con patadas, que me dejo un mes en cama. Ese mes…Agosto, como odio que llegue Agosto…pues si, me lo permito porque me recuerda que NO MERECÍA esos golpes. Era una pequeña queriendo una vida normal y lloraba por que mi mamá abriera los ojos y que me salvaran de esa tortura.

Ellos, en cambio, inventaron una enfermedad y todos los días me llenaban de regalos para alivianar la CULPA que sentían. Él por sus golpes y mi madre por permitirlo.

Luego vino mi cumpleaños, mis 15 años…esa edad maravillosa en la que ansiamos crecer, en mi caso solo quería ser mayor de edad y salir de ese lugar. Recuerdo que, como siempre, me celebraron en la casa, pero solo adultos, amigas o amigos ni hablar, ya era algo natural, resignada totalmente a ser diferente a la mayoría de los adolescentes.

La gota que «rebalsó el vaso» fue la noche en que literalmente a punta de pistola me amenazó y de contar algo la afectada seria mi mamá…no pueden imaginar mi nivel de angustia, qué hacer, con quién hablar, a quién pedir ayuda.

Pasaron unos días y me armé de valor y le conté todo lo que pasaba a mi madre. Creo que ella quedó en shock, porque no vi ninguna reacción de su parte, solo recuerdo que me dijo, debes estar confundida y las cosas no son como parecen…obviamente con esa respuesta mis esperanzas de que todo cambiara se iban a la basura.

Pero un día cualquiera mi madre me dice, “mañana nos vamos, tienes que preparar algunas cosas y lo demás lo vendremos a buscar otro día”, estaba feliz pensando que esa pesadilla se terminaba y tanto mi madre como yo saldríamos adelante juntas.

Llegó el día y efectivamente solo nos llevamos algo de ropa, pero mi madre me dice que antes la acompañe porque tiene hora al medico, no me pareció extraño así que fui con ella…ufff parece que fue ayer cuando llegamos a la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Chile. En ese momento no dimensioné lo que iba a pasar, mi madre entró a una consulta y yo me quedé esperando en la salida. Salió una doctora, se acerca a mi y me pregunta si tengo algún familiar que me pueda ir a buscar…le digo que NO y a su vez le pregunto el por qué.  Ya en ese momento sabía que algo malo pasaba y me explica que mi mamá iba a quedar internada por problemas psiquiátricos (depresión). Ahí se me derrumbó lo que quedaba de mundo, me vi sola, sin saber a quién acudir o qué hacer, después de un rato veo pasar a mi mamá en una camilla y solo pude llorar. Imágenes que no se borran fácilmente.

Gracias a dios recordé el teléfono de mi abuelo, el me fue a buscar y al verlo fue un alivio, sabia que por fin mi familia me iba a rescatar.

Si me anime a contarles parte de mi historia, eliminando varios capítulos que tal vez fueron mas duros y crudos que los descritos hasta ahora, es porque hoy me siento en paz y que si bien la vida me enseñó a golpes, hoy puedo estar orgullosa de la mujer que soy, madre de 4 hijos maravillosos, luchadora por sobre todas las cosas, siempre positiva. Esto no quiere decir que no tenga días de pena y dolor, lo importante de todo esto es saber que se puede salir adelante, que las heridas están, pero me hacen más fuertes, que aprendí a perdonar y por sobre todo a querer a la mujer en la que me convertí.

Si alguna vez pasaron por algo similar o lo están viviendo, no tengan miedo, siempre habrá una persona en la que puedan confiar y siempre crean en USTEDES.

Antonia H.

 

 

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