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miércoles, 4 mayo 2016

Carta a mi madre: gracias por ser la mejor abuela del mundo

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«¡Deja de meterte en mis cosas y entiende que yo soy la mamá de ellas!», se me escapó nuevamente mientras discutíamos a lo lejos, tu limpiando la cocina y yo ordenando los juguetes de mis niñas. Dejé todo de lado y fui a mi habitación para dejar de hablar, di un portazo fuerte para que lo escucharas y quise gritar. Quería que supieras que estaba molesta, cansada y agobiada de tantas discusiones que hemos tenido cuando se trata de mis hijas: sabes que existo, pero de todas maneras pasas por sobre mi aunque seas solo la abuela. Me senté en mi cama, enojada y no tuve ganas de moverme de ahí.

Siempre me escuchas quejarme de lo mismo y pareciera que no entiendes que yo soy la mamá de mis pequeñas, no me pones atención cuando decido por ellas, ni menos me preguntas qué es lo que pienso cuando tu les das ordenes. La rabia y tristeza se apoderan de mí, hasta que levanto la cabeza y veo en mi mueble una cajita musical que me regalaste cuando nació mi primera hija. Instantáneamente todo se pasó, se fue y esfumó porque vinieron recuerdos tan dulces a mi cabeza que me hizo hasta sentir culpable de lo que sentía.

Cuando me tocó ser mamá nunca te fuiste de mi lado, tus brazos me contuvieron todo el tiempo y me enseñaste lo que hoy se. Por ejemplo aprendí a diferenciar sus llantos, qué hacer para que tomaran remedios que no le gustaban y dónde era más fácil tomarlas para hacerlas dormir. Supe cuáles comidas les hacían bien, qué cremas eran menos dañinas para ellas y que las cosquillas deben ser con moderación. Te he visto constantemente escuchar sus penas o sacarles sus lágrimas ¿cuántas veces has curado heridas? no te cansas de relatar los cuentos con voces exageradas y siempre tienes energía para perseguirlas por la casa. Eres tu la que me envía fotos de ellas jugando con barro cuando estoy trabajando y eres la que me dice «tranquila, están bien» para calmarme.

Me educaste para enseñarles con dulzura, amor, paciencia, ternura, compasión y es allí cuando me doy cuenta que mi proceso de aprendizaje dio frutos: mis hijas me quieren, cuidan a la familia, hacen reír a sus compñaeros y son seres increíbles. Llegan todos los días gritando «¡mumi, mumi!» porque necesitan abrazarte y sentir tu olor, en las mañanas me piden subir a tu pieza constantemente para meterse contigo en la cama y hasta lloran desconsoladamente cuando quieren dormir a tu lado en las noches y no las dejo.

Hemos visto muchas risas y grandes dolores, pero siempre has estado conmigo. Tu presencia que a veces puede molestarme porque vivimos juntas, no se compara a la soledad que tendría si viviera sola con ellas. Más que una madre, te he visto convertirte en un todo: un ser que daría hasta su vida si fuese necesario por ellas y no podría elegir a alguien mejor para que las cuide si algo llegase a pasarme.

¿Quién más las dejaría comer esos chocolates en la noche cuando yo digo que no?  no hay nadie más que podría malcriar de una forma tan divertida e ingeniosa como lo haces mamá. Si algún día llego a convertirme el la mitad de abuela y te llegase a los talones, puedo darme por satisfecha porque honestamente creo que no existirá nadie como la super abuela que eres. Gracias mamá.

Por: Catalina Grez M.

Imagen interiores: Catalina Grez M.

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