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lunes, 11 mayo 2009

¿Cómo Criar a mis hijos sin un padre al lado?

Quizá por ser el mes de la madre debería regalarle a cada una de ellas una columna que devele lo maravilloso que es ser mamá. Lo hemos visto y definido en variadas ocasiones como la experiencia más extraordinaria que una mujer puede vivir. Sin embargo existe una notable contraparte que a momentos hace que cada madre se perciba a sí misma como sola en el mundo, sin ayuda, sin orientación, sin un manual de instrucciones que le explique qué conductas tomar o a qué decisiones optar. En pocas palabras, es una tarea bastante complicada.

Cuántas han pronunciado en alguna discusión con los hijos las clásicas frases “¡A mí nadie me enseñó a ser mamá!” o también, “¡No naciste con un manual de instrucciones!” Y así es, nadie nos enseña a ser madres, cada quién lo descubre en el recorrer de sus propios hijos. Es por lo mismo que hoy quiero tocar un tema que en la clínica he observado suficiente y que, finalmente, termina repercutiendo en la futura personalidad de nuestros hijos.

Expongámoslo mediante un ejemplo: Madre que viene con su hijo de 6 años, con cierta problemática de conducta, un tanto agresivo y que no quiere obedecer. Luego de recabar información del niño, le pregunto a la madre; “¿Y el papá de Martín?”, a lo que ella responde; “No, su papá se fue hace años, ha querido venir a verlo, pero nunca le ha dado nada, no se merece a su hijo, por eso no lo dejé venir. Y ha crecido conmigo, lo he educado solita, he sido padre y madre para él”. Comenzamos a hablar de su propia vida, en la cual el padre tampoco había estado presente nunca y la madre había cumplido también su mismo rol: padre y madre a la vez. Yo le intervengo: “Tú me dices que tu madre cumplió también el rol de padre, ¿y sientes que fue así? ¿Por haber ella cumplido ese rol, dejaste de necesitar a un padre en tu vida?” Ella me mira con los ojos llenos de lágrimas y me murmulla; “¿Usted cree que lo que le pasa a mi hijo es porque que necesita a su padre?” Yo le contesto: “Te lo está pidiendo  a gritos”.

¡Ay queridas! Qué difícil situación cuando no existe un padre que cumpla su rol en el hogar. Aparte de ya cumplir nosotras con todos los que nos exige esta sociedad, ¡tenemos que cumplir en el que ni siquiera nos corresponde! Muchas estarán pensando: “Pero si él no quiso quedarse aquí con sus hijos” o también; “pero si él fue un padre horrible desde que estuve embarazada”, y así otras numerosas situaciones. ¿Cuántas estarán pasando también por aquella edad de sus hijos que comienzan a preguntar sobre  padre: ¿Mamá, dónde está mi papá?, ¿Por qué no está con nosotros todos los días?

Amigas, por alguna razón en el mundo nos hicieron emocional, cerebral y físicamente diferentes de los hombres.  A todo niño le llegará el momento en que comience a necesitar a un padre y exprese esta necesidad de maneras tan inusuales como se podrían imaginar (agresivos, enojados, orinándose, no comiendo, etc.) No en todos los casos, pero sí en bastantes, aquel padre no fue un buen marido o una buena pareja y claramente no las merece como mujeres, pero quizá como padres sí han tratado de cumplir, y su propio orgullo de mujer las hace castigarlos con lo que más le duele a un ser humano: sus hijos.

Muchas de las que estén leyendo esta columna pueden sentirse identificadas; sin embargo, poco comprendidas, lo que es entendible. Lo que me gustaría transmitir es que a momentos uno busca sentirse indispensable para los hijos, capaces de todo, de llenar todas sus faltas y tener el tema “hogar/hijos” bajo nuestra completa organización. ¿Pero cuantas de ustedes al momento de acostarse y simplemente pensar en su día, siente que ya no puede más? ¿Cuántas no piensan en que delegando ciertas cosas nuestro día podría ser un poquito más liviano? ¿Cuántas no sienten ganas de permitir que el padre se haga un poco más presente, ya que saben que sus hijos se alegrarían enormemente? Quizá simplemente para tener su propio espacio personal y estar acostada en la cama pintándose las uñas.

Entiendo que hay heridas que se demoran en cerrar, heridas fruto de mil y un conflictos, pero que por lo mismo, al ser madres, estamos ligadas a lo más maravilloso que pudimos crear, nuestros hijos. Y esta unión es eterna, tanto de ellos como de nosotras. Su personalidad sana depende tanto de su desarrollo biológico, como emocional. Seamos sabias y permitamos que en este desarrollo nuestros hijos tengan la posibilidad de percibir por ellos mismos si sus padres merecen su compañía y respeto y, de esta manera, no tengamos nunca que sentirnos culpables de no haberles dado esa oportunidad. Pensándolo sabiamente se trata de: “nuestra forma de delegar una preocupación”. Como madres nuestra primera y máxima preocupación es “simplemente” amarlos. Entregarles la seguridad de que suceda lo que suceda tienen un tremendo sostén donde desvanecerse y que sin siquiera pensarlo los aguantará en todo momento. No compitamos por quién es mejor ni “más buena onda”, eso déjenselo a sus amigos. Ustedes son sus madres, algo mucho más completo e indispensable que un amigo/a. De esta forma, aunque no lo crean, les estamos enseñando a querer; como tú quieras a tus hijos, será como ellos aprenderán a amar al mundo. Ámenlos, dejen que sus padres los amen, pónganle palabras a este amor, no lo demuestren invitándolos a viajar, con un par de zapatos o la mejor con la mejor bici de todas, sólo díganle, constantemente, cuánto los quieren.

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