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martes, 15 mayo 2012

Guía para no amargarse la vida

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No es ansiedad ni depresión ni neurosis. El psicólogo clínico Rafael Santandreu ha decidido diagnosticarlo todo como una única enfermedad, terriblemente frecuente y de nombre sonoro: ‘terribilitis’, la epidemia de convertirlo todo en un drama. Desde perder las llaves hasta pisar una caca de perro. Puestos a quejarnos, todo vale. Este psicólogo describe su teoría en un libro titulado ‘El arte de no amargarse la vida’ (Ed. Oniro). Y no debe andar muy desencaminado porque en cinco meses ha vendido 50.000 ejemplares. Un best seller en toda regla. ¿Será verdad que nos quejamos mucho?

Domingo, siete de la tarde. ¿Qué le diría a un soltero desesperado para convencerle de que no es necesario tener pareja para ser feliz?
Rafael Santandreu. Varias cosas: la primera, que si se siente así, desesperado, es porque se está diciendo a sí mismo tonterías del tipo: «Estoy solo, soy un desgraciado». Así que le diría: «Deja de hacerlo y te sentirás mejor». No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede. Segunda cosa a recordar: miles de personas en todo el mundo son solteras durante toda su vida (los monjes, por ejemplo) y son muy felices; señal de que es posible estar soltero y sentirse bien. Tercera, al margen de la soltería, ¿no existen otras cosas valiosas para hacer por ti y por los demás? ¡Pues no pierdas el tiempo quejándote y céntrate en ellas!

¿Por qué hemos convertido la queja en el deporte?
Quejarse es una tentación en la que se cae con facilidad porque, a veces, y solo a veces, funciona. Sin embargo, se paga un precio demasiado alto por ello. En realidad, las personas maduras saben que quejarse es un hábito muy nocivo hasta el extremo de causar enfermedades emocionales.

¿Hay algo positivo en quejarse?
Sí. Es el famoso «quien no llora no mama». Pero si te acostumbras a hacerlo, te volverás un rabioso: una persona hipersensible, siempre enojada, nerviosa o deprimida. Quejarse es un negocio malísimo.

Entonces, ¿se trata de dejarlo pasar todo?No, se trata de demandar las cosas siempre en positivo, sin exigencias. Puedes insistir, pero no exagerar hasta el punto de creerte tú mismo que la situación es intolerable y empezar a decirte: «No lo puedo aguantar». Es entonces cuando empiezas a hacerte débil y vulnerable.

Pero me reconocerá que quejarse desahoga y uno se queda mucho más a gusto… 
Te concedo que temporalmente la queja pueda tener un efecto analgésico, pero al precio de ir volviéndote cada vez un poco más neurótico. ¿Vale la pena? Yo creo que no.

¿De qué se quejaría usted hoy?
De nada. Stephen Hawking, el físico en silla de ruedas del que hablo en mi libro dice: «Quejarme es inútil y una pérdida de tiempo». Suceda lo que suceda, no me quejo. Acepto la situación e intento arreglarla, pero sin dramatizar. Sé que puedo ser feliz casi en cualquier circunstancia. Eso me hace fuerte.

Dicen que una de las ventajas de tener pareja es poder quejarse con alguien y, sobre todo, contra alguien. ¿Cómo lo ve usted?
Quien dice eso, no sabe mucho de psicología de la pareja. La mejor forma de arruinar una relación es quejarse. Las parejas que prosperan son las superflexibles que ‘sugieren’, pero no ‘exigen’. Le dicen al otro: «Cariño, me gustaría que hicieses esto, pero si no lo haces… yo te querré siempre igual». Cuando aprendemos a pedir así las cosas, el otro tiende a ceder.

¿Cuál es la diferencia entre ese enunciado constructivo y la exigencia?
Muchas veces decimos: «¡No has sacado la basura! Quedamos en que lo harías. ¡Me pones de los nervios!». Y al hacerlo, nos amargamos porque pensamos que eso es esencial para nuestra felicidad. Pero lo peor es que el otro copia nuestra forma de terribilizar, recuerda sus agravios y piensa: «¡Pero tú no me das suficiente sexo y eso tampoco lo aguanto yo!». Al fi nal, esa pareja se convierte en un saco de reproches. Es mucho mejor sugerir con amor porque, por un lado yo no me amargo y, por otro, no se activan los reproches. Con un poco de perseverancia y entusiasmo, las cosas empiezan a cambiar.

Su diagnóstico estrella es ‘terribilitis’. Dígame cuáles son los síntomas para reconocerla.
Yo, a todos mis pacientes, les doy un único diagnóstico: ‘terribilitis’. Esto es, la tendencia a calificar de «terrible» o «muy malo» adversidades que no lo son. Cuando haces eso, las emociones que experimentas son exageradas: ansiedad, miedos, dudas… Tienes que cambiar el chip y darte cuenta de que en la vida hay muy pocas cosas terribles, la vida es muy fácil.

¿Y qué hay de esa teoría que dice que conviene esperar lo peor para luego sentirnos aliviados cuando la realidad mejore nuestros pronósticos?
No está mal porque implica aceptar los malos resultados con calma. Pero creo que es mejor decirse: «Me gustaría conseguir esto, pero si no lo logro, aún podré ser feliz». La clave es pensar que vayan bien o mal las cosas no habrá nada que temer.

Usted afirma que con su método puede hacer cambiar a la gente en un espacio de entre cuatro y seis meses. Eso supone enseñarles a dominar y a dirigir su diálogo interior. ¿Cuáles serían los mantras que habría que repetirse?
Más que repetirse mantras hay que creérselos firmemente. Yo no enseño pensamiento positivo, sino a evaluar en su justa medida las adversidades y darse cuenta de que las cosas no son ‘terribles’. Toda la cháchara interna tiene que ver con cosas como estas: «Necesito esto o lo otro para estar bien»; así que hay que enseñar lo contrario: «Ya tengo todo para estar genial». Es una especie de estoicismo mental a un nivel profundo para desarrollar una buena fi losofía de vida basada en la ‘no-necesititis’.

También está en contra de la teoría que defi ende otro best seller, ‘El Secreto’, de que basta con desear fuertemente algo (algunos dicen, incluso, que con visualizar cosas concretas) para conseguirlo, y habla de la moderación de los deseos. ¿No se ha dicho hasta ahora que la ambición es lo que mueve al mundo?
La ambición está acabando con el mundo. Solo hay que mirar cómo estamos esquilmando especies, acabando con subsuelos y recursos… En cuanto a ese libro es pura superstición y dentro de unos años nadie lo recordará porque no aporta nada. La verdad es que hay que desear con moderación, obtener las habilidades necesarias y trabajar: a veces se obtiene lo que se quiere y a veces no. Desear más de la cuenta solo lleva a la obsesión. Los que sufren anorexia o bulimia son un ejemplo de ello.

De todo lo que hemos aprendido en la vida y no resulta beneficioso para nuestra salud mental, ¿qué sería lo primero que habría que ‘desaprender’ para dejar de sentirnos desgraciados?
Que el mundo no es una carrera para conseguir prestigio, logros, etc. Que los héroes de nuestro tiempo deben ser las personas sencillas, no los números uno como Rafa Nadal que nos transmiten hiperexigencias que no llevan a nuestra vida nada bueno. Que la humildad y la tranquilidad emocional son los mejores bienes para ser feliz. Que el universo no es perfecto, pero que está bien como está.

La mayoría de la gente más que sentirse totalmente desgraciada se siente como en una montaña rusa emocional. A veces exultante, a veces miserable, ¿qué hacer para bajarse de ahí y ser más estable?
Que la autoestima no dependa de logros o habilidades sino, simplemente, del hecho de que eres una persona con capacidad de amar. Todos tenemos eso, así que todos valemos lo mismo. Todos somos maravillosos. Si centras tu autoestima en eso, te sentirás siempre bien contigo mismo.

Fuente: Mujerhoy (texto editado para Mujer y Punto)

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