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viernes, 1 junio 2018

¿Las citas a ciegas funcionan? Mi experiencia personal

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Hoy me costó un poco levantarme, sólo deseaba cerrar los ojos, seguir durmiendo y aislarme del mundo. No sé si estoy en shock o un poco deprimida. Les prometo que cuando decidí meterme en este juego de las citas online nunca pensé conseguir dos “buenas” historias en poco más de un mes. Al parecer aquel dicho que dice que la realidad supera a la fantasía es más que cierto.

Hace un par de días me llamó otro tipo para invitarme. Aunque años atrás me autoimpuse la regla de no aceptar citas a ciegas, esta vez accedí. Después de todo mi teléfono se lo había dado una “buena amiga” de mi mamá. ¡Grave error! Por lo general, estas invitaciones nunca terminan bien. Son pocas las veces en que uno no quiere salir huyendo. Son decenas las excusas distintas que he usado para ponerle fin a las horas de sufrimiento: que me duele la cabeza o el estómago, que una amiga me necesita con urgencia o que mi perro se escapó y debo ir a buscarlo.

La rutina se repite una y otra vez. Hola, soy fulanito. Yo sé que no me conoces (obvio), pero me gustaría invitarte a salir…En ese momento comienza el interrogatorio. ¿De dónde sacaste mi número? ¿Qué haces tú? ¿Eres primo, hermano o amigo de Sutanita? ¿En qué colegio estudiaste? Son miles las preguntas; como si en cinco minutos uno pudiera descubrir a un psicópata mentiroso. Mientras tanto pasan frente a tus ojos los cientos de chicos con los que aceptaste salir en similares circunstancias y recuerdas, como una espina, todas las veces que juraste no repetir la experiencia. Aún así te dices que en esta ocasión las cosas serán distintas, piensas que las probabilidades están a tu favor: al menos uno en cien debe ser un buen tipo.

El día del encuentro amaneces con dolor de estómago y comienza la tortura. ¿Por qué acepté salir? ¿Quién me manda a meterme en estos líos?  ¿Si es un gordo de 400 kilos? ¿Si mide un metro veinte? Mejor me llevo plata por si necesito tomarme un taxi para salir huyendo. No se te olvide el Carnet de Identidad, digo, por si te pasa algo. Así la policía podrá reconocer mi cadáver fácilmente y no terminar en la morgue como otra “NN” muerta en la calle…

A esas horas ya no hay vuelta atrás. Ya no cancelé por lo que hay que echarle para adelante. Mientras me maquillo intento darme ánimo: bueno, tal vez no esté tan mal después de todo. Me lo recomendó la amiga de mi mamá (¡error! todas las mamás encuentran a su retoño, un verdadero pimpollo. O ¿no?) Me prometo ser más positiva e intentar ver la situación con humor. Al menos irás a algún lugar como la gente, comerás bien y te reirás un rato.

Suena el timbre. ¡No! Te agarras a la pata de la cama ¡maldita la hora que acepte salir! El espejo del ascensor sirve para echarte la última miradita, mientras recuerdas que debes ser positiva. “Piensa positivo, piensa positivo, piensa positivo…” al bajar te encuentras con un casi bombón. Primera prueba: ¡superada! El tipo no está nada mal: buena pinta, alto, bien vestido…obtiene un nada despreciable puntaje de un 6.0.

Al llegar al auto me abre la puerta del Mercedes dos puertas. OK, las cosas no van mal hasta el momento, al menos es caballeroso. Pero generalmente aquí se caen todos. ¿Por qué no entienden que la primera cita debe planearse previamente? No hay nada más mata pasiones que parar en mitad de la calle para decidir a donde van a cenar. ¿Cómo sé si el sujeto tiene situación para llevarme a un restaurant top o si mejor me conformo con una pizza? (regla número uno para los hombres: elegir y reservar en un lugar a priori. Lo ideal es que sea un restaurant con variedad de ensaladas, pastas y alguno que otro pescado) Le miro las manos y el cuello para ver si tiene pulsera o collar de oro. (Regla número dos, para las mujeres: Si usa mucho oro o tiene la pluma Montblanc en el bolsillo para que se la vean, mejor bajarse altiro, cierra las puertas de tu casa y desconecta el teléfono).

Por segunda vez en dos semanas, terminé comiendo el salad bar del Marriott. No está mal el lugar, pero el señor del acordeón molesta un poco, pues impide toda comunicación fluída. Conversamos de todo: de la vida, la mortalidad del cangrejo y hablamos un poco a los conocidos que teníamos en común. Debo reconocer que fue bastante agradable la velada. El final fue medio abrupto eso sí: simplemente pidió la cuenta y me fue a dejar a mi casa. Hasta la puerta no más, eso es lo que hacen los caballeros y… las señoritas.

Me subí al ascensor con un nudo en la garganta. Había algo raro en la situación. No era nada feo y parecía ser exitoso, pero algo no andaba bien. No llegué a ninguna conclusión por lo que me acomodé en mi cama y me dormí. Por la mañana llamé a la Mariana y le dije: “se acabó, renuncio. No salgo con nadie más.” Como siempre ella intentó hacerme entrar en razón. Era verdad no tenía nada concreto en contra del fulano y lo más probable es que la inseguridad me estuviera jugando una mala pasada. Pero no, esto del sexto sentido femenino es cierto. ¡Cuidado hombres, las mujeres nos las traemos!

Decidí dejarle el tema al tiempo, sabio consejero, y me fui a trabajar. Llegando a la oficina me encuentro con Paula. ¡Chica, cuánto tiempo que no te veía! ¿Te cuento? Ayer conocí uno de esos hombres de los que hay pocos (por suerte) ¿Cómo se llama?, me pregunta ella. “¡No! Pero si el tipo tiene polola hace como seis años y es un fresco. Tiene un departamento en las torres del Marriott y se las lleva a todas para allá. Te hace creer que está cansado de salir con “rucias tontas”, pero en realidad no se despega de su parejita. Es la historia de siempre: en la semana te llama para salir a almorzar, te llena de regalos, pero los fines de semana desaparece misteriosamente…”

Que tal! ¿No les dije las citas a ciegas nunca terminan bien? Ahí estaba mi sexto sentido!

Por:
Joanna Wurmann
Corresponsal Mujer y Punto Miami

 

 

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