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miércoles, 11 mayo 2016

»Lo que amo de Dublín», cuando el amor tiene otros planes para ti

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»Lo que amo de Dublín» es el último libro de la escritora Amanda Laneley, novela romántica que trata sobreuna mujer a la cual le rompen el corazón, decide escapar de sus penas y hacer maletas para partir rumbo a Irlanda, sin intención de volver a enamorarse, si no que con el único objetivo de empezar de cero en otro país. 

Lo que ella no sabía, es que el amor le tenía otros planes, ya que de momento se encuentra viviendo bajo el mismo techo que Daniel, un atractivo y terco irlandés. 

Todo se complica aún más con la prohibición estricta de tener líos amorosos entre los compañeros de casa; una regla inquebrantable que rige también para los otros residentes: un desenfadado donjuán, un despistado músico y una nueva amiga de lo más entrometida. ¡Un divertido hogar intercultural al que Sara debe adaptarse! Y por si eso fuera poco, también debe lidiar con acalorados malentendidos con Daniel, con un ex novio muy insistente y con comprometedoras situaciones con un sexy francés.

¡Una nueva vida en Dublín donde sin duda hay mucho que amar!

Te queremos invitar a leer la primera parte del capítulo 1 de esta novela, la cual fue entregada de manera exclusiva para Mujer y Punto.

Capítulo 1 »Welcome to Dublin»

La bienvenida se anunció por los altavoces apenas el avión aterrizó y Sara se desabrochó el cinturón con dedos impacientes. Soltó el aire invadida por una mezcla de aprensión, cansancio y tristeza… Recién en la segunda mitad de sus veintitantos, iba a pisar Europa por primera vez. Al fin iba a conocer el viejo continente con el que tanto había fantaseado en las novelas que devoraba. Lo que más deseaba era recomponer su corazón roto, luego de lo ocurrido con Antonio, y comenzar de nuevo, rodeada del verde de Irlanda…

¿Verde?, se preguntó desilusionada apenas salió del aeropuerto y echó un vistazo al sombrío exterior. “Más bien gris”. El atardecer cargado de nubes negras, ráfagas gélidas y una lluvia incesante que se esparcía en todas direcciones, no era precisamente la bienvenida cordial que Sara había esperado, aunque a decir verdad, nada en las últimas cuarenta y ocho horas lo había sido. Jamás pensó que iba a salir a toda prisa de Chile. Solo había tenido tiempo de despedirse de sus padres, cuyos rostros preocupados reflejaban su opinión mil veces repetida de que irse a Irlanda era un tremendo error.

Sara repasó en su mente toda la discusión con Antonio mientras arrastraba su equipaje hacia la parada de taxis y sus ojos se anegaron… ¡Se sentía tan sola! Y lo terrible es que ahora realmente lo estaba. No conocía a nadie en Dublín, no tenía amigos ni familia; solo tenía la esperanza de un nuevo inicio y un pedazo de papel con una dirección escrita a la que se aferraba con su alma.

La llegada de un taxi disponible la obligó a tragarse las lágrimas. Le tendió la dirección al taxista y en veinte minutos se encontró de pie frente al antejardín de una casa roja y puntiaguda mientras la oscuridad y la lluvia se cernían sin misericordia sobre ella y su equipaje. A toda prisa, arrastró todo hacia la puerta y tocó el timbre.

Ninguna respuesta. Se frotó las manos y las sopló para infundirles calor. Tocó por segunda vez. Nada. Con los dientes castañeando, echó un vistazo a través de los coloridos vitrales de la puerta principal. No distinguía a nadie, pero había luz, así que probablemente habría alguien adentro. Dios, al menos esperaba que hubiera, de otro modo, no sabría adónde más ir.

Tocó una vez y al cabo de un minuto que se le hizo eterno, finalmente la puerta se abrió.

–Hello? –medio la saludó, medio la interrogó una guapa morena de edad similar a la suya.

–Hola… quiero decir, hello. I’m Sara and…

–Hablas mi idioma –la interrumpió la joven cambiando a un español con acento centroamericano–. ¿Buscas a alguno de los chicos, Sara? Porque no hay nadie, todos salieron.

–No; en realidad vine por el anuncio de la habitación. La reservé hace unos días.

La joven sacudió la cabeza en rotunda negación.

–Eso es imposible, debe haber algún error. El anuncio dice muy claro que solo se arrienda a hombres. Mejor suerte la próxima vez –dijo empezando a cerrar la puerta.

A Sara se le encogió el estómago al imaginarse buscando alojamiento en otra parte, en una ciudad desconocida en medio de la lluvia y la oscuridad.

–¡Stephen Brennan me dio la dirección! –dijo Sara a toda prisa–. Él me dijo que viniera.

La joven abrió de nuevo la puerta y la miró frunciendo el ceño.

–¿Stephen? ¿Él te dijo eso? ¿Estás segura?

–Sí, él me dio la dirección. Vine directo del aeropuerto.

La chica miró el equipaje de Sara que estilaba formando una enorme poza. Al ver que la propia dueña no parecía mucho mejor, su expresión se suavizó.

Pasa mientras arreglamos este malentendido –le abrió la puerta y le señaló un lugar al lado de la entrada–. Si quieres, deja tus cosas ahí. Soy Fran, por cierto.

–Gracias, Fran –Sara obedeció y se quitó el abrigo. Estornudó al instante varias veces.

–Estás empapada, ¿quieres un café?

–Sí, por favor.

Siguió a Fran a una espaciosa cocina de madera. El café no le gustaba especialmente; sin embargo, estaba dispuesta a tragar cualquier cosa que subiera un par de grados su temperatura corporal.

Su anfitriona puso a calentar el agua.

–¿De dónde conoces a Stephen, Sara?

–En realidad no lo conozco, bueno, no personalmente. Voy a trabajar en la misma universidad que él dando clases de español, y Stephen fue mi contacto por el tema del papeleo. Fue muy amable al recomendarme alojamiento, no tenía por qué hacerlo.

–Sí, él es amable cuando quiere, al menos cuando se da el lujo de escuchar. Le dije mil veces que la habitación no estaba disponible para mujeres… A veces lo que le digo le entra por un oído y le sale por el otro… ¡hombres!

–¿Eres su novia? –supuso Sara por la molestia y la familiaridad que escuchó en la voz de Fran.

–Sí… déjame llamarlo para ver qué podemos hacer –Fran marcó el número y comenzó a hablar en inglés–. Stephen, soy yo… que Sara, la chica a quien le diste la dirección, está aquí… Sí, pero te dije que la habitación solo se arrienda a hombres… ¿Qué? ¡Pero si te lo dije mil veces!… ¿Qué? ¡No; tiene que ser ahora!… ¡Al menos habla con ella!… ¿Y a mí que me importa que estés en una reunión? No, Stephen… no te atrevas a colgarm… ¿Aló? ¿Aló?

Fran dejó el celular de golpe en la mesa. Sara no se atrevió ni a respirar sin saber qué decir.

–¡Siempre lo mismo! –se quejó Fran, antes de soltar el aire con cansancio–. Lo siento, Sara, pero no puedes quedarte aquí. Yo te alquilaría la habitación feliz de la vida, pero no depende de mí, sino de los chicos.

–Pero tal vez yo podría hablar con ellos; convencerlos de alguna forma –dijo Sara sintiendo cómo se le cerraba la garganta.

–Mejor no pierdas el tiempo. No serías la primera que lo intenta sin éxito. Lo siento, Sara, ojalá pudiera ayudarte, pero me temo que te vas a tener que ir a otra parte.

Sara asintió quedamente, sintiendo como sus ojos se empañaban.

–Entiendo… –dijo con un hilo de voz– es solo que no sé dónde irme. No conozco a nadie en esta ciudad… Stephen era el único contacto que tenía.

–Puedes ir a un hotel –sugirió Fran con mirada compasiva.

–Sí, claro, eso haré… –la voz estaba a punto de quebrársele– es solo que, bueno… no tenía ganas de estar sola hoy… –se acordó de su soledad, de Antonio, de su futuro incierto y no alcanzó a contener un par de lágrimas silenciosas–. Fran, discúlpame, apenas me conoces y ya me tienes llorando aquí… Es solo que los dos días anteriores han sido los peores de toda mi vida y lo único que quiero es una cama caliente, dormir y olvidarme de todo por un rato.

Fran le dedicó una sonrisa triste.

–Ni me digas, ¿líos sentimentales, verdad? –al ver que Sara asentía Fran continuó–. Apuesto que un hombre te engañó y te rompió el corazón.

No había sido exactamente de esa forma, pero sí que tenía el corazón roto, por lo que Sara solo respondió:

–Algo por el estilo.

–Bueno, ¡qué mujer no ha estado en esa situación! Ni te imaginas cómo estaba yo el primer día que llegué a esta ciudad y todo por culpa de un desgraciado… –pareció perderse unos instantes en sus recuerdos y luego la miró con expresión amable–. Mira, Sara, por solidaridad femenina no tengo corazón para pedirte que te vayas ahora mismo; si quieres puedes quedarte en la habitación esta noche, pero tienes que irte mañana.

–¿En serio? –preguntó llena de gratitud.

Sí, solo por esta noche. Daniel no está, así que no habrá problema y los demás dudo que lleguen hoy.

A Sara le dieron ganas de abrazarla. Aceptó sin dudar el maravilloso ofrecimiento y comenzó a sentirse un poco mejor.

Ya tan repuesta como podía estarlo, sentada a la mesa bebiendo café, Sara se enteró de que en la casa vivían cuatro personas en total. Armando, de Italia, la propia Fran, de Venezuela y Colin y Daniel de Irlanda.

–Esta casa es una maravilla –observó Sara mirando a su alrededor.

–Lo es. Es amplia, bien ubicada y está en uno de los mejores barrios de Dublín, pero ni sabes lo cara que es; a decir verdad todo en esta ciudad es carísimo, pero este sector aún más. Por eso necesitamos urgentemente arrendar la habitación disponible, de otro modo, los que vivimos aquí tendremos que sacar plata de nuestro bolsillo para cubrir lo que falta.

–¿Y entonces por qué no quieren recibir mujeres?

Fran suspiró.

Todo es culpa de Armando; tuvo un lío con la última arrendataria que armó un clima horrible. Al final la chica se fue, aunque la culpa fue de él que se acuesta con lo que se mueve; por eso, no más mujeres, para evitar riesgos. Hay una estricta prohibición de no enrollarse con los compañeros de casa.

Sara sonrió tristemente.

–Dudo mucho que yo sea un factor de riesgo. Créeme Fran que lo menos quiero ahora es más problemas amorosos.

–¿Tienes ganas de hablar de eso? Puedes contarme si quieres.

–Gracias, pero no estoy lista para hablarlo todavía… Así que, ¿hace cuánto tiempo que estás en Dublín?

–Casi ocho meses, había pensado quedarme inicialmente tres, pero me enamoré –dijo entusiasmada.

–¿De Stephen, no?

Fran parpadeó.

 –Sí, claro que sí también de él, por supuesto, pero sobre todo de la ciudad. Tiene unos lugares preciosos y está llena de verde por todos lados.

Fran le contó que sus inicios en Dublín, no habían sido precisamente fáciles. No pudo encontrar empleo en su profesión de contadora, así que se puso a trabajar como mesera en un restaurant. Echaba de menos todo de Venezuela, especialmente a su madre y sus amigas, pero por suerte había encontrado una nueva familia en los compañeros de casa.

–A veces me sacan de quicio con sus bromas, es cierto –dijo Fran– pero Armando, Daniel y Colin son fantásticos y me encanta vivir con ellos.

Fran describió la rutina doméstica como un torbellino de risas, recitales y salidas en grupo, por lo que a Sara le dieron aún más ganas todavía de ser aceptada en esa casa. La vivienda era encantadora, el cuarto disponible era económico y acogedor, la convivencia entre los housemates era fantástica, si se guiaba por la opinión de Fran, y la propia Fran era la persona más amigable y extrovertida que había conocido nunca. Sí; esa casa era el lugar perfecto para un nuevo inicio… si tan solo pudiera quedarse.

A la mañana siguiente, para agradecerle a Fran su hospitalidad, la invitó  a desayunar a un restaurant cercano.

–¡Adoro este lugar! –dijo Fran después de darle el último sorbo a su café–. Hacía tiempo que no venía aquí, la última vez que vine fue con Armando y Daniel, antes de irnos a un recital de Colin.

–¿Colin es el músico, no?

–Sí, el músico… A Stephen no le gusta mucho que salga con ellos –agregó en tono confidencial–. Imagino que no le gusta que su novia sea la única mujer en una casa de tres hombres.

–Eso explica por qué Stephen me dijo que la habitación estaba disponible a mí.

Fran ladeó la cabeza.

¿Sabes qué? Creo que al final es una buena idea que te quedes a vivir con nosotros; después de todo, hay que arrendarla urgentemente, además pienso que encajarías bien en la dinámica de la casa y no sé tú, pero yo a veces necesito una charla de chicas. Tanta testosterona alrededor puede resultar agobiante.

Sara sonrió esperanzada.

–A mí me encantaría quedarme, pero ¿qué hay de los otros? ¿Crees que estarán de acuerdo?

–Colin y Armando, no tendrían el más mínimo inconveniente. El verdadero problema es Daniel. No me malentiendas, es un encanto, pero también es terco como una mula. Cuando se le mete algo en la cabeza no hay cómo hacerlo cambiar de opinión.

–Entonces no le veo sentido a hablar con él.

–Hum… no, pues no, hablar con él no serviría de nada, pero si cambiamos la estrategia…. –se quedó pensativa y luego se dibujó en su rostro una sonrisa traviesa–. Incluso Daniel terco como es, tiene sus debilidades; se me ocurre algo que podemos hacer.

–¿Estás segura, Fran? –dijo Sara no muy convencida.

Fran sonrió despreocupadamente.

–Claro que sí, déjalo todo en mis manos. Tú solo encárgate de verte guapa esta noche que nos vamos de fiesta.

¡Para seguir leyendo las aventuras de Sara en Dublin sólo debes ser paciente, ya que pronto subiremos la continuación de este capítulo!

Por: Amanda Laneley

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