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viernes, 3 junio 2016

»Lo que amo de Dublín», segunda parte capítulo 2

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Ya les dimos a conocer el capítulo 1 del libro de Amanda Laneley ”Lo que amo de Dublín”. Si quieres saber como continúa la historia de Sara, aquí va la segunda parte del capítulo 2. Si te perdiste la primera parte de este capítulo, puedes pinchar aquí.

»Lo que amo de Dublín», segunda parte capítulo 2

La observó con renovado interés. ¿Cuándo se había sentido tan así de conectado tan rápido con una mujer? Para ser sincero, nunca… Sara era bella, cautivadora y ambos tenían mucho en común. ¿Y si la invitaba a salir? Una parte de sí se lo ordenaba a gritos, mientras que otra le advertía que sería peligroso involucrarse con alguien antes de su viaje a Australia.

Dudó un momento, pero luego se decidió. Nunca había conocido a nadie como ella. Tenía que volver a verla.

–¿Dónde te estás quedando? –le preguntó tratando de sonar casual–. Podría llevarte a conocer los sitios interesantes de los alrededores. Hay muchas cosas que ver en Dublín.

Se sintió desilusionado al ver que Sara se ruborizaba y desviaba la mirada. ¿Le iba a decir que no? No había visto venir su rechazo en absoluto. ¿Acaso había sido muy rápida la invitación? ¿Debía haber esperado un poco más?

–Lo siento –dijo ella negando con la cabeza– no puedo hacer esto. Verás… hay algo que no te he dicho; algo que debería haberte contado en primer lugar.

–¿De qué estás hablando? –le preguntó mientras su ceño se fruncía.

–Por favor no te molestes, solo quería conocerte primero antes de preguntarte…

Sara se calló y se mordió el labio inferior, lo que solo logró aumentar su inquietud. Su ceño se frunció todavía más.

–¿Preguntarme qué? ¿De qué estás hablando?

–De la casa, es que yo…

La intempestiva llegada de Fran, acompañada de Armando cortó la réplica de Sara.

–¡Daniel O’Brien! ¡No puedo creer que seas tan malditamente cabezota! –le soltó su compañera de casa muy enojada–. ¿Le dijiste que no a Sara, verdad? ¡El dinero no crece en los árboles por si no lo has notado! No todos ganamos tan bien como tú.

Que Fran sacara a relucir su explosivo carácter latino no era nada nuevo. Lo novedoso es que le reclamara por algo que no tenía ni la menor idea de qué diablos se trataba. Miró muy serio a Fran y le preguntó:

–¿Es que conoces a Sara?

–¿No te lo dijo? Pero, pero… parecías molesto, entonces yo creí… –balbuceó. Se quedó unos instantes sin saber qué decir antes de observar a Sara con incredulidad–. ¿No le dijiste nada a Daniel? ¿Hablaste casi una hora con él y no sacaste el tema? ¡Por Dios si serás lenta!

Armando miró a Fran y meneó la cabeza como diciendo “te lo dije”.

–Te advertí que ibas a arruinarlo, Fran. Te pedí que esperáramos a ver qué pasaba con Sara, pero como siempre no me escuchaste.

¿Arruinarlo?, pensó Daniel. ¿Pero de qué demonios hablaban todos? ¿Y por qué diablos Armando también sabía cómo se llamaba Sara?

Su rostro adquirió la dureza del acero cuando se volvió hacia ella, adivinando ya de qué se trataba aquello.

–Explícame ahora como es que conoces a mis compañeros de casa.

–Conocí a Fran anoche después de que llegué del aeropuerto –se explicó ella con ojos avergonzados que no lo conmovieron en lo más mínimo–. Stephen me dio la dirección y me dijo que en la casa había una habitación disponible. Yo no sabía que solo se arrendaba a hombres… Anoche estaba cansada y no sabía adónde más ir. Fran tuvo la buena voluntad de permitirme quedarme en la casa y…

Él sintió cómo la furia comenzaba a crecer en su interior y se giró de inmediato para encarar a Fran.

–¿Con qué derecho le pasaste la habitación a una perfecta desconocida sin consultarlo con nadie?

–No es una desconocida –respondió Fran alzándose muy digna– es una colega de Stephen. No la iba a echar a la calle a esa hora de la noche en medio del diluvio universal… Sara estaba empapada y sola; no conocía a nadie en esta ciudad  y por si fuera poco, rompió a llorar apenas entró porque la había engañado el ex novio… Vamos, Daniel –suavizó su voz– nadie con un mínimo de corazón la habría echado, tú menos que nadie.

Daniel se enojó consigo mismo porque, pese a toda la rabia que sentía, aún así una parte de sí se había alegrado al saber que Sara estaba cien por ciento soltera.

–De acuerdo, se quedó una noche, pero ahora tendrá que irse –contestó él con el orgullo herido–. Si creyeron que cambiaría de opinión por esta farsa que montaron ustedes tres, están muy equivocados. No soy idiota.

–Nadie piensa que seas idiota –dijo Fran– pero sí muy testarudo. Solo queríamos que la conocieras antes de negarte de plano a arrendarle el cuarto.

–Bueno, ya la conocí y la respuesta sigue siendo no –miró a Sara con enojo–. La habitación no está disponible para chicas.

–Entiendo las razones de esa regla –contestó ella tratando de apaciguarlo–. Me contaron el problema que habían tenido con la última inquilina, pero te prometo que no ocurrirá nada de eso conmigo. No vengo con la intención de involucrarme con nadie, mucho menos con Armando…

–Gracias una vez más –la interrumpió irónicamente el aludido.

–Lo que quiero decir es que lo que más ahora deseo es estar tranquila –siguió explicándose a Daniel–. No quiero nada con ningún hombre en este momento de mi vida. Solo quiero disfrutar de Irlanda, de mi trabajo y de vivir en un hermoso lugar con gente joven y agradable. Eso es todo. Te prometo que si me aceptas, incluso puede que lleguemos a ser amigos.

Él dudaba en el alma que pudiera mantener una relación estrictamente platónica con una mujer tan cautivante como ella, así que la respuesta seguía siendo no. Sería riesgoso tener a Sara bajo el mismo techo.

–Lo siento, pero no cambiaré de opinión.

–Si lo que te preocupa es mi comportamiento –intervino Armando– te prometo que no intentaré nada. Puedes confiar en mí.

–Sí, claro, cómo no. Algo parecido me dijiste cuando Inga solicitó el cuarto.

–No existía la regla de no enrollarse con las compañeras de casa en ese entonces –se defendió él– ahora es distinto.

Daniel entrecerró los ojos.

–Y si ahora es distinto, ¿por qué estás tan interesado en que Sara se quede?

–Porque necesitamos el dinero –respondió Armando con toda honestidad–. Me parece una tontería que estemos a punto de tener que cubrir esa parte del arriendo, especialmente si hay alguien que quiera alquilarlo.

–Yo apenas alcanzo a cubrir mis gastos –dijo Fran– mucho menos podría pagar más. Además quiero que sea Sara la nueva housemate porque estoy cansada de ser la única mujer en la casa. Me vendría excelente porque habla mi idioma y porque ya hemos empezado a hacernos amigas –le sonrió a Sara con afecto y ella le devolvió la sonrisa–. Por favor, Daniel, eres el único que todavía se opone. Colin también está de acuerdo.

Ahora sí que se sentía como un idiota monumental. Incluso Colin sabía de la farsa que habían montado para presentarle a Sara. Lo más humillante de todo era que él había caído redondito en la trampa.

Estaba contra la espada y la pared. Pensaba que si les contara a Colin, Armando y Fran lo que de verdad había pasado con Inga, lo apoyarían, pero él jamás podría revelárselos; no sin destrozar el ambiente de la casa. Sin embargo, el precio de guardar silencio iba a ser aceptar a Sara. Era imposible seguir negándose sin quedar aún más como un egoísta obstinado.

–Parece que tienes a todos de tu parte –le habló a Sara con frialdad– no hay mucho más que pueda decir al respecto que no haya dicho. Ya que los demás están de acuerdo, puedes quedarte si prometes respetar las reglas de la casa.

Armando asintió, Fran batió palmas y el rostro de Sara se iluminó con una gran sonrisa.

–¿En serio, Daniel? –dijo Sara–. ¡No sabes cómo te lo agradezco!

–No me lo agradezcas todavía. En primer lugar, nada de traerse hombres a dormir a la habitación. Si te enrollas con alguien, tendrás que hacerlo afuera.

–Ya te dije que no… –empezó a decir ella.

–No he terminado –la cortó Daniel–. En segundo lugar, nada tampoco de líos amorosos con los compañeros de casa.

–Comprendido. Tienes mi palabra. ¿Algo más?

–Sí. Debes depositar sagradamente la renta dentro de los cinco primeros días del mes. Yo te mandaré los datos de la cuenta del dueño. Mañana a primera hora deberás transferir el doble del arriendo, que incluye el primer mes y el mes de garantía.

–Hecho. No te preocupes de nada, así se hará. Y muchas gracias por cambiar de opinión. ¿Puedo comprarte una cerveza para agradecerte?

–No –contestó resentido–. No quiero interrumpir la celebración del éxito de su plan. Me voy a casa.

Armando le palmeó la espalda.

–Vamos, hombre, no estés enojado con nosotros y quédate un rato.

–No estoy enojado –soltó en un tono brusco que contradecía sus palabras– solo estoy cansado. Buenas noches.

Asintió imperceptiblemente a modo de despedida y salió a toda prisa del bar. Echó a andar a paso rápido por la calle, reprochándose mentalmente haber cedido. Estaba seguro de que la llegada de Sara a la casa, solo traería problemas. Era imposible no caer en la tentación viviendo bajo el mismo techo de una mujer tan vivaz y hermosa… Y no era precisamente Armando quien le preocupaba que cayera.

Si te perdiste el capítulo 1, parte 1, pincha aquí.

Si te perdiste el capítulo 1, parte 2, pincha aquí.

Para descargar el libro completo, pincha aquí.

Por: Amanda Laneley

3 CHAPA_LO_QUE_AMO_DE_DUBLIN_FINAL_ SÍ

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