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martes, 9 septiembre 2014

Mi mamá murió: Déjenme llorar

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Hace solo ocho días atrás falleció mi mamá, sin duda, uno de los dolores más grandes que puede enfrentar un ser humano en la vida.

El día de su funeral, en el cementerio, cuando su cuerpo yacía en un ataúd que quedaría ahí para siempre, y cuando la ceremonia ya había finalizado, muchas personas se acercaron a abrazarme, darme su aliento y pedirme algo, que créanme, es casi imposible: no llorar.

Resulta que a mi mamá le detectaron un tumor de cinco centímetros a mediados de mayo de este año y de ahí en adelante, cada semana con mis hermanos recibíamos una noticia negativa tras otra. Una verdadera bola de nieve del terror.

Y ahí, yo, una mujer con depresión endógena, sacó fuerzas que desconocía que estaban en su ADN. No lloré, ok, no demasiado…

Junto a mis hermanos comenzamos a cuidarla y a intentar salvarle su vida con la ayuda de su cirujano y sus oncólogos. Luego se sumaría una machi, la medicina alternativa con la Graviola, el veneno de alacrán y tantas cosas más. Todo ello por cierto, sumado al poder de la fe.

Fueron cuatro vertiginosos meses. Tumor. Cáncer  maligno. Operación. UCI. Recuperación. Decaimiento. Vómitos. Negativa a realizar quimio y radioterapias. Disputas familiares sobre qué tratamiento tomar. ¿Nos convertimos en veganos? Nos ponemos en las manos de la medicina tradicional o en la no convencional. Cadenas de oración. Reiki. Carta a los monjes brasileños… Todo por verla bien nuevamente, una lucha insaciable por no perder al pilar de nuestras vidas. Pero las cartas ya estaban tiradas, su muerte estaba escrita, lo único que desconocíamos era cuándo.

Hace un mes aproximadamente se rindió. Sus fuerzas se apagaron. Sus cinco hijos en su habitación, escuchábamos que ella se entregaba a Dios y que nos pedía ser fuertes y dejarla partir. De ahí en adelante comenzó a hablar menos. Dejó de comer lo poco o nada que consumía. Se levantaba solo al baño, siempre apoyada en los brazos de sus hijos. De pronto, una tarde, tal como si se tratara de un bebé, se hizo pipí… ya no se levantaría más. Chata y a los días, pañales. Postrada.

Cambiarle pañales era sumamente doloroso para su cuerpo. Calculamos que ya pesaba poco más de 30 kilos. Era solo huesitos. Madre mía, cuánto me dolía verte sufrir.

La tarde del miércoles 27 de agosto, cuando el reloj marcaba casi las cinco de la tarde. Minutos después de que tu más amada nieta llegara del colegio y mientras yo lloraba y puteaba por verte así de mal, tus ojitos se cerraron para siempre.

Al contrario de lo que muchos hijos sienten en el primer instante en el que les informa que su madre murió, nosotros estábamos “tranquilos”, tristes, pero tranquilos. Nuestra mamita había dejado de sufrir. Mi mamá ya estaba en los brazos de Dios.

Pero el estar tranquilos por su descanso no nos quita el dolor de saber que nunca más compartirás con ella. Y saben qué, estoy completamente en contra de quienes dicen que uno es egoísta al llorarla y que debe dejarla descansar en paz. Y es que yo tengo dos sentimientos que no se contraponen. Por un lado sé, como creyente que soy, que mi madre descansa y es feliz en los brazos de nuestro padre. Sin embargo, yo señores, no lloro de egoísta. Yo lloro porque la amo y porque la extrañaré TODA MI VIDA. Esta señores, es una pena que nunca muere, esta es una tristeza con la que debo aprender a vivir.

Déjenme llorar. Déjenme expresarme. Yo la amo y jamás la olvidaré. Ella vivirá siempre en mí. Sus enseñanzas, sus valores, sus caricias, sus cuidados e incluso y por sobre todo, esas llamadas de atención que solo una madre te da. No me digan que soy egoísta. No me digan que deje de llorar cuando apenas ha pasado una semana. Ella me tuvo en su vientre. Ella me amamantó. Ella estuvo conmigo día y noche durante mis 34 años de vida, entonces por qué he de hacer como que aquí no ha pasado nada señores. Sí pasó. Mi mamá se murió. Su cuerpo, su olor, sus comidas, sus cariños y retos no los escucharé más. Déjenme llorar, porque ella es la persona más importante en mi vida. Te amo mamá, espérame porque yo también un día moriré y ese día, volveré a abrazar y tocar a la mejor mamá del mundo, la mía: Mirtha María González Vega, QEPD.

Monica Ñancupan

Foto de: www.rengloneszurdos.com

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