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miércoles, 9 noviembre 2016

Yo puedo perdonar, pero nunca olvidar

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No sé si ustedes piensan igual, pero yo creo que odiar a la gente es un gastadero de energía colosal. Lo he intentado, odiar con el alma como protagonista de teleserie mexicana, tratar de maldecir al otro como en teleserie turca e intentar buscar venganza como cualquier antagonista de teleserie chilena. La cosa es que me aburro.

Quizás porque mi esencia es poco conflictiva -sí, sí, en mi adolescencia y juventud era todo lo contrario a pacífica, pero eso es un tema aparte que involucra terapia, médicos y desajustes de ese estilo- o quizás porque no le pego a eso de las estrategias y los planes. O bien, porque entendí que no sirve y punto.

La vuelta de la rabia

Hoy el tema me da vueltas en la cabeza con mucha fuerza. Tal vez porque como buena Leo puedo dejar pasar cosas que me hacen a mí. Pero es imposible cuando se meten con alguien que quiero mucho. La cosa es que he vuelto a conectarme con la rabia, con el siempre tan necesario «que se vaya a la…» (rellene usted con la palabra que mejor le parezca) y cosas por el estilo. Pero ¿saben qué? Con esto he llegado también a ciertas conclusiones.

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¿Perdonar y olvidar?

Aprendí, por ejemplo, que enojarse está bien y mandar a la mierda es sano para el alma. Es darme el lujo de demostrar lo que siento, cuando lo siento. Algo que pocas veces hacemos por un tema de presión social. Que llamar por teléfono a esa persona que nos hizo daño y decirle lo que pensamos es necesario para cerrar ciclos y que perder los estribos también es parte del camino a sanar.

En este sentido, sí, es posible perdonar todo con el tiempo. Pero olvidar es realmente difícil.

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Por qué no olvidar

Porque es importante no andar por la vida permitiendo a nadie que te dañe, porque ser buena no significa someterse a los antojos de otras personas. Porque amar tiene que partir por amarnos y en ese amor la piedra fundamental es el respeto.

Está bien. Es cierto que nadie es esencialmente una mala persona, sino que cada quien está viviendo su propio proceso, en su propio momento y su propio lugar. Pero no por eso podemos responsabilizarnos por ellos, poniéndonos como pushing ball para recibir golpe tras golpe.

Puedo perdonar, porque el paso del tiempo mejora nuestra perspectiva, sana el impulso inicial y permite estar en paz y ser felices nuevamente. Pero no debo olvidar, porque cada cosa que pasa marca mi aprendizaje y una nueva forma de construirme.

Puedo entender que el otro me dañó sin intención, pero no olvidar lo que ese daño me hizo aprender. Al menos eso pienso hoy, en esta etapa de mi vida.

¿Qué crees tú al respecto?

Carolina Bustamante C., Terapeuta complementaria.

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