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domingo, 6 septiembre 2015

Relato de una mujer abusada: «Ni perdón ni olvido: el abuso sexual jamás debería prescribir»

Ya no recuerdo mi edad, debe haber sido cuando tenía unos nueve años aproximadamente.

Un día, mi hermana llegó a la casa con su pololo, un hombre que aparentaba ser un hombre serio y con valores, y que además, era cariñoso y afectuoso con sus hermanitos chicos.

Nosotros éramos de escasos recursos, pero de grandes valores, a pesar de vivir muchas veces, al tres y al cuatro, nunca nos faltó comida y muchísimo menos, el amor y cuidado incondicional de nuestra madre.

Yo asistía a un colegio católico, donde afortunadamente me rodeé de gente de todas las clases sociales. Habían al menos dos compañeros que eran muy pobres; luego yo y unos cuantos, pertenecíamos a familias de esfuerzo donde sus madres trabajan en casas particulares para parar la olla; otros, de clase media emergente, y otros, de muy buena situación económica. Esto hizo que conociera diferentes realidades y ampliara mi horizonte…

En fin, de pronto el novio de mi hermana se convirtió en su esposo, es decir, mi cuñado. Ni yo, ni nadie de mi entorno, imaginó el terror y atrocidades que realizaría este personaje conmigo y otras niñas de mi familia.

Es increíble señores, pero de verdad, cualquiera que lo conociera podría decir que se trataba de un hombre correcto, trabajador exitoso, de familia evangélica, cuyo padre era pastor. Pertenecía a una familia de mi misma villa, conocida por ser gente de bien, tranquila, y bondadosa.

Pero por cosas que nadie entiende, aún en familias donde los padres pueden ser ejemplares, puede nacer una mente enferma, capaz de dañar a niños inocentes.

Ese hombre del que les hablo comenzó a regalonearme, me invitaba a comer, a jugar, a pasear, al cine. Me compraba ropa linda y a la moda. Todos en la casa lo querían, aunque mi sabia madre, lo masticaba pero no lo tragaba. Bruja dirán, sí, ella nunca supo nada malo de él, pero le provocaba total desconfianza, sin embargo, lo recibía y trataba tan bien como a cualquier integrante de la familia.

Un día, ni siquiera lo recuerdo, ese hombre estaba solo conmigo y comenzó a jugar a las cosquillas, y de pronto, sin saber cómo ni por qué, tocaba mi vagina.

Esto hace más de 25 años, cuando el tema de abusos sexuales a menores no era tema. Esto, cuando teniendo 10 o 12 años, no sabías nada de la vida y aún las niñas jugábamos con muñecas.

Ni siquiera recuerdo qué le dije en ese minuto, o si dije algo, es algo que tengo completamente bloqueado de mis recuerdos. Tampoco sabría decir si lo dejé, o por qué lo dejé, pero lo que sí recuerdo, es que desde ese minuto lo odié.

Sin embargo, no podía decir nada, solo intentaba alejarme de él. Desde ahí en adelante, mi familia no comprendía por qué peleaba con ese “hombre tan bueno y bondadoso conmigo”.

Yo no sabía qué hacer, nunca jamás se lo conté a nadie, ni a los curitas, que en mi caso particular, eran buenos, cercanos, bondadosos y me enseñaron a amar a Dios con todas mis fuerzas.

Ya más grande comencé a enfrentarlo. Lo amenazaba con contar todo, pero él me desafiaba y decía que nadie me creería, llegó a decirme que estaba enamorado de mi.

Muchos de ustedes ni siquiera imaginan el asco y la vergüenza que se siente vivir así.

Nunca comprenderé por qué mierda no dije nada. Pero no podía desarmarle el matrimonio a mi hermana y despedazarle el corazón a mis padres y hermanos.

Y así, fui creciendo, cerca de los 14, lo mandé a la mierda, pero más de una vez lo pillé tocándome mientras yo dormía y él eludía al resto de los adultos.

Fui una cobarde. Sufrí gran parte de mi niñez y adolescencia. Y hoy, con mis 35 años, aún no supero este asqueroso y terrible dolor.

Durante años me declaré culpable de lo que viví, y quizás aún en el fondo sienta eso.

Llevo años en tratamiento psicológico. He perdido trabajos por mis episodios de depresión, y las Isapres me rechazan por mi historial médico.

A eso de los 28 años, estalló mi segunda depresión. La más grave, terminando incluso pidiéndole a mi doctor que me internara.

Solo de adulta, mi hermana comenzó a analizar la situación y de pronto dio en el clavo: había sido ultrajada sexualmente por su ex marido. Una pesadilla que “culminó” (nunca termina), cuando yo lo enfrenté y lo amenacé, el día de mi adolescencia en que me puse firme y no lo dejé tocarme un pelo más en la vida. Sería aproximadamente ahí (creo), cuando él comenzó a salir con otra mujer, que, “casualmente”, tenía un hijo o hija, menor de edad.

Es así, mi hermana se separó por su infidelidad. Nadie, solo yo y Dios, conocían el calvario que atormentaba mi vida…

En fin, cuando la olla se destapó, ya de adulta, comencé a hacer frente a mi trauma, y un día llegué hasta la Brigada de Delitos Sexuales de la Policía de Investigaciones a prestar declaración y estampar una denuncia que jamás prosperó por haber prescrito.

La denuncia la tomó un funcionario de la PDI que era psicólogo, sin embargo, ya no había nada que hacer. Mi caso estaba años luz prescrito.

Admito que fue un error denunciar tan tarde, pero mi ayuda profesional recién llegó cuando era adulta.

Es aquí donde surge el cuestionamiento a nuestra Justicia y parlamentarios: por qué abogan y literalmente protegen, a abusadores y violadores….

Señores parlamentarios y jueces: NO A LA PRESCRIPCIÓN EN CASOS DE ABUSOS SEXUALES Y VIOLACIONES.

Y a las víctimas: Jamás se sientan culpables de nada, aunque aún me cueste creérmelo, nosotros no somos responsables de esas mente enfermas y despiadadas. El problema, muchos de ellos, siguen libres, más aún, ni siquiera son acusados en casos de prescripción.

Francesca

 

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