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lunes, 29 abril 2013

Rodrigo Guendelman: Así quiero educar a mis hijos

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A veces los engaños pueden ser beneficiosos. En este caso, se trata de un mail muy viralizado que contiene un Power Point acerca de un plan piloto revolucionario para cambiar el sistema educativo en Japón. A la primera lectura el asunto parece absolutamente posible, más considerando que la idea viene –supuestamente- de un país que ha generado tanta innovación. Entonces, inevitablemente, uno se entusiasma. Pero basta un poco de googleo para entender que se trata de un correo falso. ¿Cuál fue el objetivo? Ni idea. Pero no importa. Se trata de una idea tan inspiradora, tan idealista, que la desilusión de desvanece rápido y lo que queda es el sueño, el anhelo.

Me explico. El “cambio valiente” del que habla este mail es “un cambio conceptual que rompe todos los paradigmas, forma a los niños como ciudadanos del mundo”. De hecho, explica la presentación, en esos colegios no se rinde culto a la bandera, no se canta el himno, no se vanagloria a héroes inventados por la historia. “Los alumnos ya no creen que su país es superior a otros por el solo hecho de haber nacido allí. Ya no irán a la guerra para defender los intereses económicos de los grupos de poder, disfrazados de patriotismo. Entenderán y aceptarán diferentes culturas y sus horizontes serán globales, no nacionales”.

Lindo, ¿no? Alucinante!  Luego viene el detalle del programa de doce años, donde proponen sólo cinco materias: 1) Aritmética de negocios 2) Lectura: parten por una hoja diaria del libro que cada niño escoja y terminan leyendo un libro por semana. 3) Civismo: respeto total a las leyes, el valor civil, la ética, las normas de convivencia, la tolerancia, el altruismo y el respeto a la ecología. 4) Computación 5) Cuatro idiomas, alfabetos, culturas y religiones. Impresionante.

Apabullante. No sé ustedes, pero yo haría fila por un colegio así. Un establecimiento donde el respeto, la diversidad, el interés por los libros, las herramientas técnicas y la multiculturalidad sean la esencia de la educación. Un colegio donde el objetivo no es la PSU ni el SIMCE, sino formar seres humanos integrales, niños que sean educados como ciudadanos, con una visión republicana de la vida, que entiendan que los derechos van acompañados de obligaciones, que hay que votar para lograr cambios, que sepan qué es una constitución, que hayan leído a Hobbes, a Salinger, a Christopher Hitchens.

Quiero que mis hijos salgan del colegio y que cuando conozcan a un budista o a un musulmán sepan de qué les están hablando. Que no generen situaciones como las que a mí me ha tocado vivir por ser judío: decenas de veces he tenido que explicar desde cero de qué se trata mi origen religioso a personas que estudiaron en colegios particulares caros y que como, católicos, descienden  de la misma rama cultural. Mal que mal, Jesús era judío, pero ni siquiera eso es suficiente para entregar conocimientos más integrales a la mayoría de los niños de Chile.

Quiero que mis hijos no tengan miedo de hablar de plata, de finanzas, de números; que puedan tener herramientas básicas para el día de mañana poder desenvolverse como emprendedores si así lo de desean o como buenos profesionales.

Quiero que mis hijos tengan manejo computacional no sólo para bajar juegos desde el iPad: que puedan usar la tecnología desde muy temprano para investigar, descubrir, escudriñar y también para ayudar, generar acciones solidarias, aunar voluntades para dar una mano.

Quiero que mis hijos sean educados para poder potenciar sus capacidades, que sean enseñados por pedagogos que los acompañan en su proceso de aprendizaje muy de cerca, animándolos, acogiéndolos, enseñándoles a inhibir ciertas conductas cuando corresponde y a explotar otras cuando parecen provechosas para mejorar su autoestima.

Quiero que mis hijos se preocupen del otro, que sepan admirar y ayudar al que tiene capacidades diferentes, que jamás discriminen y que nunca se dejen discriminar.

Por supuesto que a esta “malla curricular” japonesa que rompe el paradigma le falta el deporte, la historia, las humanidades y un par de cosas más. Pero, como se trata de un precioso engaño, mejor concentrémonos en sus cualidades. Es decir, en cómo se focaliza en la calidad de la educación. Algo que en Chile necesitamos más que nunca, que aquí debiese ser el centro de la discusión, pero que cada vez fondeamos más en beneficio de otros aspectos importantes -pero a mi juicio menos fundamentales- como son el lucro y la gratuitad.

Por eso, y aunque  parezca absurdo, veo más sustancia, más inspiración y más luz en este mail falso que en las miles de horas que nuestros congresistas dedican a “pensar” la educación. Prefiero una mentira que me haga soñar a una realidad tan triste, pobre y cortoplacista.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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