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lunes, 8 julio 2013

Rodrigo Guendelman: «Cáncer»

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Silencio. No hay nada más duro y triste que el pesado silencio que se siente en el funeral de una mujer de cuarenta y cuatro años que deja dos hijos chicos, muy chicos. El domingo pasado murió una querida amiga, una tremenda mujer que estuvo cinco años peleando contra un cáncer. El maldito cáncer, como muchos lo denominamos.En tiempos en que el Sida ya tiene tratamiento, en que nadie más muere de tuberculosis, en que la neumonía es una enfermedad y no una sentencia, el cáncer sigue siendo el gran enigma, el mal contra el que nadie puede. Ni los más ricos, como Guillermo Luksic; ni lo más brillantes, como Steve Jobs.

El cáncer perdona poco y, cuando lo hace, te obliga a vivir pendiente de él. Una de las personas que más quiero en este mundo lleva un año de sobreviviente, pero el cáncer se encarga de estar siempre presente: mi amigo debe controlarse todos los meses durante los próximos cinco años para suponer que ganó los doce rounds. Una suposición que jamás podrá convertirse en certeza, pues él, tú, yo, todos somos potenciales víctimas. Otro queridísimo amigo acaba de descubrirse un lunar canceroso. Tiene buen pronóstico pero, por chico que sea, por temprano que haya sido encontrado, es cáncer. Esas seis letras y un acento que angustian, modifican conductas y hacen mirar la vida de otra forma.

Es lo que más escucho entre todos los que cada vez nos rodeamos más de cáncer: hay que aprovechar la vida ahora, tomarse el mejor vino ahora, viajar con la pareja o con la familia ahora, aprovechar, gozar, querer, sentir, expresar, decir, abrazar, oler, degustar, mirar, caminar, reír. Ahora. Si se supone que casi todo en la vida tiene un sentido, el cáncer, por miserable y despreciable que sea, también educa. Por ejemplo, enseña que en la medida de las posibilidades hay que tener un buen seguro de salud y de vida. Enseña que tu pareja, sea la madre o el padre de tus hijos, el día de mañana puede quedarse a cargo del buque completo. Enseña que la jubilación, ya sea en términos de anhelos pendientes o de tiempo para hacer cosas o de una pensión que permita al guerrero finalmente descansar, puede no llegar nunca y que es mejor aprender a jubilar un poquito todos los años. Enseña algo del tamaño de un trasatlántico: no hay billetera más grande que el cáncer, ni mente más poderosa que el cáncer, ni cuerpo más hermoso que el cáncer, ni fama más famosa que el cáncer.

El gran mal del siglo 21 es un asesino de egos. Si hay alguien que llega al funeral de una madre de 44 años creyéndose importante, sale de ahí entendiendo que es sólo un pedacito de humanidad con los días contados. Y, aunque son demasiados los justos y buenos que pagan el precio de esta maldita enfermedad, lo cierto es que para demasiados otros se transforma en una necesaria y bienvenida patada en la cara.

Mi padre murió a los 48 años. De la noche a la mañana, literalmente. No fue de cáncer. Fue un infarto, otro mal crónico de nuestra civilización. Lo pongo como ejemplo porque me consta que su muerte influyó en toda su generación de amigos y conocidos. Si un tipo joven, que no fumaba y que hacía ejercicio todas las semanas de su vida, se muere trotando, entonces yo me puedo morir mañana, pensaron muchos. Los cardiólogos deben haber tenido un aumento en la demanda después de ese domingo de julio en que mi viejo se fue. Y, seguramente, las millas acumuladas en la tarjeta de crédito fueron cobradas para hacer ese viaje pendiente. Varios empezaron a trabajar menos y a estar más con sus familias. Algunos cambiaron el auto, otros cambiaron de pega y no faltó el que cambió de señora.

El punto es que las muertes inesperadas, especialmente las de gente joven con familias en etapa temprana, corroen, impactan, duelen, asustan y también ofrecen la posibilidad de aprender, de escuchar, de tomar nota. De darse cuenta que hay una sola vida (al menos terrenal) para ser cariñosos, para atreverse, para ser respetuosos, para jugar, para hacer el ridículo, para gozar, para ser solidarios, para bailar desnudos en la pieza, para ducharse largo, para abrazar apretado, para jugársela con ese baby doll matador que está escondido en su envoltorio hace meses, para tomarse la champaña pituca que nos regalaron para el matrimonio, para escribir ese libro, sacar esas fotos y tocar ese instrumento que está guardado. Y para no olvidar nunca a la gente que amamos, estén vivos o se hayan ido a descansar a algún lugar eterno.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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