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lunes, 17 diciembre 2012

Rodrigo Guendelman: «Chao jefe»

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El tema es simple. Sin cultura del emprendimiento no existirían Google, Twitter, Wikipedia ni Microsoft. Emprender significa arriesgar, aperrar, atreverse, endeudarse, dormir poco, olvidarse del sueldo fijo, del contrato, la AFP y la isapre. Emprender es sinónimo de querer ser tu propio empleador, gerente y director.

Emprender es la receta fundamental para que un país se enriquezca. Emprender es lo contrario de vivir como nación a expensas de una materia prima. ¿Y qué hacemos en Chile?  Todo lo contrario. ¿Ejemplo? Una campaña que da vueltas por ahí: se llama Chao jefe y nada tiene que ver con independizarse del patrón porque inventaste un negocio o porque vas a invernar en el garaje de tu casa hasta terminar de trabajar en esa idea que puede cambiar tu vida. No, se refiere a un juego de azar. O te ganas el premio o puedes seguir viviendo tu realidad de esclavo asalariado. Así de triste. Así de determinista.

¿Se darán cuenta los creativos de esa idea marketera del peligro que encierra el mensaje que vociferan por los medios? Pero tampoco es culpa de ellos. El problema es más profundo. Es de idiosincrasia. Una madre chilena de clase media alta y alta es mucho más feliz si su hijo o hija tiene una buena pega en una empresa prestigiosa que si decide apostar por su independencia. Muchas parejas desincentivan a su partner haciéndole ver los beneficios de la compañía donde trabajan: “Y los pasajes gratis, mi amor, ¿quién nos va a volver  a dar esos pasajes alguna vez en la vida?”. O… “mi vida, tenemos un súper buen plan de salud, la mejor isapre, seguro complementario… ¿para qué se va a arriesgar a perder tanto?”.

Ni hablemos del estatus que da en Chile ser supervisor, subgerente, gerente o cualquier título bonito de una empresa grande. Mucho más que contestar “estoy trabajando en un proyecto personal”, que por estos lados suena a excusa para no reconocer la cesantía.

Castigamos el fracaso en vez de entenderlo como oportunidad, confundimos crisis con apocalipsis, pisoteamos al que se equivoca, envidiamos al que triunfa y rematamos todas estas actitudes entrando a uno de los demasiados casinos que hay en el país, esa especie de templo del camino corto, de museo del atajo, que prolonga nuestra identidad de peones, de asalariados, de personas contrato-dependientes que sólo creen que un golpe de fortuna puede cambiar su futuro. Un futuro, además, en el que muchos, demasiados, se imaginan descansando eternamente en una playa del Caribe y no usando esos recursos para generar empleo a través de la concreción de una idea.

Si todavía no se convencen de la tesis, entrego un dato más. Cada domingo en la noche, en los noticiarios de todos los canales, en horario prime, el conductor-rostro de turno nos informa los números ganadores de todos los juegos de azar del país. Como estamos acostumbrados y esto lo hemos visto hace años, a nosotros no nos sorprende. Pero les aseguro que cuando un extranjero se enfrenta a esto, al menos uno que vive en un país donde el emprendimiento sí se premia, debe sentir algo parecido a la vergüenza ajena, a la simpatía por lo folclórico o a la constatación de las evidentes diferencias culturales.

Piénsenlo un segundo. ¿Qué dice de nosotros como cultura que en el horario más caro de la televisión, la hora en la que se dan las noticias más importantes del día, los resultados del bingo nacional, en todos sus formatos, ocupen tamaño espacio?

Para llegar a esto hay directores de prensa que estuvieron de acuerdo en que el tema era noticia y televidentes que no sólo aceptan de buena manera la inclusión de un espacio de este tipo sino que, seguramente, si lo quitaran, reclamarían y lo exigirían de vuelta. Porque llevan años gastando (ellos creen que invirtiendo) lo que podría ser parte de sus ahorros en darle el palo al gato y hay un sistema gigante, completo, enorme, que confabula para que las cosas sigan igual.

Sé que algunos dirán que en Chile hay mucha gente que no tiene ni la más remota posibilidad de emprender, que apenas puede comer y sobrevivir. Cierto. Indudable. Pero mal de muchos no es consuelo para el que teniendo la posibilidad, la desecha por falta de cojones, pésimo clima cultural para atreverse, miedo al qué dirán, castigo al mal resultado, sobredosis de ruleta rusa y exceso de cartones acumulados.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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