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lunes, 10 junio 2013

Rodrigo Guendelman: «El nuevo y alucinante rol de los hombres»

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Falta poco más de una semana para el Día del Padre. Una fecha que podríamos rebautizar como el Día del Hombre 2.0 y celebrarla en forma doble.

Pues si hay un aspecto que ha revolucionado la vida de las nuevas generaciones masculinas, es la paternidad. Podremos estar en crisis respecto de nuestra capacidad de movernos en un mundo de mujeres empoderadas, podremos andar con la líbido más baja que nunca y ser quienes ahora inventamos los dolores de cabeza, podremos estar necesitando un curso urgente de habilidades blandas en tiempos en que el Macho Alpha se encuentra en decadencia. Pero en una cosa sí que estamos sacando la cara: como papás.

Escribo esta columna a las cuatro de la mañana de un martes, desvelado luego de llevar a mi hija de tres años a hacer pipí y, veinte minutos después, de darle la papa a mi hijo de nueve meses. Es una noche cualquiera, una noche promedio. Mi mujer hace la misma pega, pero dependiendo la noche, hay jornadas más pesadas para ella o para mí. El tema es que las responsabilidades están compartidas y, desde las siete de la tarde, hora del baño y la comida de los péndex, hasta las ocho de la mañana del día siguiente, hora en que mi señora se lleva a mi hija al jardín infantil, somos una empresa con dos gerentes del mismo rango.

No me ha sido fácil llegar a esto. A mis más de cuarenta años, he ido descubriendo la paternidad a pasos más lentos de los que mi mujer habría querido. Pero después de harto “entrenamiento”, puedo decir que me siento mucho más cerca de un recién estrenado papá de 28 años que de mi padre o de mis abuelos. Y estoy cada vez más consciente de que se trata de una revolución. Me gusta. Me fascina.

Cuando antes me preguntaban qué era o quién era, partía contestando con mi profesión y luego hablaba de mi oficio. Hoy siento que mi primer y principal rol es ser papá. Soy el papá de la Rafaela y el Benjamín, pondría en cualquier currículum. Aunque suene bien mamón. O papón. Voy a los cumpleaños de los compañeros de jardín de mi hija, leo cuentos cada noche de la semana, limpio potos todos los días, sueno mocos, seco el pelo, enjabono, envuelvo en toallas calentitas, juego, hago reír, me sorprendo, comparto, reto, castigo y no hay nada de lo que mi madre hacía cuando yo era guagua o niño, que yo no haga ahora como papá.

Por supuesto que mi mujer sigue siendo el pilar de la familia: sabe con exactitud la dosis de cada medicamento, lleva el registro de las idas al doctor y maneja más detalles que yo. Sin embargo, puedo afirmar con tranquilidad que somos un equipo. Como padre no me parezco a mi padre. Los papás de antes era papás macro, estaban para las cosas grandes, importantes. Eran sostenedores, daban seguridad financiera y emocional, pero se perdían todo el increíble universo micro. Como ir a buscar niños al jardín (o al colegio) y conocer a sus profesoras y compañeros, como cantar Mazapán a coro en el auto mientras los llevas a jugar a una plaza, como tener la capacidad de leer por decimoquinta vez el cuento de Pocahontas o repetirse por trigésimocuarta vez la película de “El Jorobado de Notre Dame”.

Ser papá, hoy en día, para todo el espectro masculino entre 25 y 50 años, es por lejos lo más importante que nos ha pasado en la vida y lo que nos marca a fuego. Es la razón para sentir que detrás de toda esa aparente pérdida de subsidios machistas, hemos ganado algo mucho más real e importante: por primera vez, los hombres conocemos de verdad a nuestros hijos. Y los amamos sin jerarquía ni trancas de por medio. Feliz día congéneres, de esto sí que podemos estar orgullosos.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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