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viernes, 2 mayo 2014

Rodrigo Guendelman: El síndrome MEC (Me Están Cagando)

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Cuatro situaciones:

A) Un grupo de vecinos indignados de Valparaíso increpa al alcalde Jorge Castro. “¿Te invité yo a vivir  aquí” es la insólita respuesta que le da el edil al vecino que lleva la batuta. “Ándate loco, chao”, le grita otro de los habitantes de la zona. Y, era que no, lo echan del Cerro La Cruz.

B) Una persona que conozco toma un crédito hipotecario con un banco para comprar un departamento. Pide el préstamo por 10 mil UF, pero sólo por un mes, hasta que reciba la plata de la de venta de su ex casa. A los treinta días prepaga 5 mil UF y el crédito baja a la mitad. Dos años después se da cuenta de que el banco lleva esa misma cantidad de tiempo cobrándole un carísimo seguro de desgravamen por las 10 mil UF. Le han robado más de un millón de pesos. Reclama, hincha, amenaza. Todavía está esperando respuesta.

C) Noticia de ayer en el diario. Sólo la presidenta Bachelet y seis ministros han valorizado su patrimonio. El resto brilla por su ausencia. Si la gente que nos gobierna no nos quiere decir cuánto tiene, uno puede interpretar con todo derecho que están pensando en incrementar su patrimonio de manera poco ortodoxa.

D) Usted tiene una PYME. Tiene que desangrarse para pagar el IVA todos los meses. Pero su cliente, un gran supermercado que ya le paga a 90 larguísimos días, decide que este mes le va descontar un par de millones porque eso cuesta la revista que van a publicar en el diario. Además, le descuenta todos los productos de su marca que le robaron en el mes. Y, por si fuera poco, se demora treinta días adicionales en pagarle. Uff.

Ya lo dijo el ex líder empresarial, Felipe Lamarca, conocido por sus necesarias y bienvenidas salidas de madre: “La gente empieza a tener la sensación de que permanentemente se lo afilan”. ¡Y eso fue hace casi diez años! Ahora la sensación es transversal. Sentimos que la penetración genital es diaria e interminable. Y que no sólo viene de las grandes empresas, sino que también de  las autoridades políticas, de la justicia, del Poder Legislativo, o sea, de donde sea que haya poder.

El síndrome MEC (me están cagando) se usó por primera vez en un capítulo de  “El Informante”, en el cual se trató el tema de los abusos que las empresas cometen en contra de los chilenos. Eran los días en que se hablaba de los cobros unilaterales y abusivos efectuados por CENCOSUD y por el Banco Estado. Sí, señor, el banco que es propiedad del Estado y que, para colmo, lideraba un socialista, el señor Jaime Estévez.

Hoy, en plena discusión  de la Reforma Tributaria, la discusión se ha centrado en si los afilados van a ser los ricos (eso dice el gobierno, pero con otras palabras) o la clase media (eso dice la UDI). Y podemos sumar algunos factores indirectos. ¿Ser un ciclista irrespetuoso, de esos que no se comportan en la vereda, no es también una forma de cagarse al peatón? ¿Estacionar el auto arriba de una ciclovía no es también afilarse al ciclista? ¿Usar las redes sociales para amedrentar y amenazar al que dice algo que no nos gusta no es también una suerte de fascismo, de cagarte en el respeto por el otro?

Estamos inundados de afilamiento. Como casi siempre sucede, la historia puede ayudar a entender nuestra idiosincrasia de afilador-afilado. Al menos la del santiaguino, donde se encuentra el núcleo, el corazón de esta enfermedad. En su libro “Santiago, Región Capital de Chile”, el escritor Miguel Laborde habla sobre la relación entre el habitante de la ciudad y la omnipresente cordillera. “Más bien, atávico, parece subsistir el temor a resbalar de las montañas al mar, que las montañas revienten una vez más cubriendo nuevamente el valle con toneladas de piedras y lava…el santiaguino se encierra en su casa, hace vida entre cuatro paredes, olvida. Es la ciudad como útero, el lugar cálido y seguro, protegido, frente a lo incontrolable de la naturaleza. Pero no se puede olvidar este entorno que se cuela por los ojos en las mañanas, en los sueños de noche; cómo no se va a padecer de melancolía, de caídas constantes en el alcohol, de desesperanza, falta de planes a largo plazo”.

¿No les parece que este personaje al que describe Laborde es perfecto para ser abusado? “Patiperro, derrotado, arrinconado. Era la norma, la identidad y la ciudad se hizo a su imagen y semejanza”, vuelve a decir Laborde, ahora hablando del chileno en general. Un cliente perfecto para ser afilado. Al menos hasta ahora. Parece que estamos despertando. Pero el proceso, como buen ejercicio pendular, nos tiene llenos de rabia. Es muy probable que nos estemos desahogando por siglos de silencio y conformismo. No sé si es lo ideal, pero es. En eso estamos. Desafilándonos. Y quien no lo entienda, no está leyendo bien a Chile.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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