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lunes, 12 mayo 2014

Rodrigo Guendelman: «El Tarro»

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Simpática la anécdota de el Tarro y sus amigos. Una postal del pasado para muchos que hoy ven a sus hijos inmersos en los tablets y los celulares. Hasta ahí puedo entender parte del interés por este video. Pero, ¿no será mucho el nivel de viralización y locura por este simple episodio de la vida? ¿Qué explica esta masiva demanda por ver los 4 minutos y 58 segundos de un juego donde tres niños son los protagonistas? ¿Habrá algo mucho más profundo detrás de este fenómeno medial?

Me atrevo con un par de ideas al respecto. La primera: estamos tan cansados de nuestra lucha por la sobrevivencia, del estrés, de los problemas, de la falta de medios para cumplir nuestros sueños, de la mala vibra en el ambiente, del desprestigio de la política y las instituciones, del odio que cada día se respira con más fuerza, que el video del Tarro logra lo mismo que un masaje de relajación o un día de playa con la familia: sacarnos de la realidad.

Y, al mismo tiempo, enfrentarnos a algo que sólo genera sensaciones positivas. En el video del Tarro hay amistad, tiempo libre, compañerismo, juego y el tiempo parece infinito. El Tarro no compite con sus compañeros, sólo con él mismo. No hay trolleo (salvo unas evidentes risotadas después del “se sacó la shusha”), no hay envidia, no hay pelambre, no hay intriga.

Lo del Tarro es pura buena onda, eso que tanto extrañamos y que tanta falta nos hace. Pero, hay algo más. El video puede leerse como la proyección de ese anhelo inconsciente que se da especialmente en los hombres: volver a ser niños para poder depender de alguien  y no tener que ser ese adulto cuyo rol es el de un tronco firme para su familia.

Proyectarse en el Tarro es permitirse volar con la imaginación a esos tiempos en que había papás que nos cuidaban, comida preparada, dos meses de vacaciones, abuelos que te regaloneaban, juguetes, tiempo, mesada (por ínfima que fuera) y donde la única responsabilidad en la vida era pasar de curso.

No es que sólo estemos viendo el video de un cabro que se saca la contumelia en bicicleta: es toda la atmósfera que genera ese espacio-tiempo en que tres péndex hacen lo que quieren, a la hora que quieren, por el rato que quieren y donde lo único que importa es jugar. Más rato llegarán a sus casas y alguien les tendrá un plato caliente y una cama lista para dormir.

Nostalgia por un mundo análogo, donde las bicicletas y la tierra reemplazaban a los dispositivos electrónicos. Melancolía por una etapa de la vida donde no había que pelarse el lomo y existía un otro que te contenía. Y, especialmente, la necesidad de escaparse por un rato del resentimiento y la vibra negativa que nos rodea en el día a día. Creo que eso ayuda a explicar este hitazo.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

Si no has visto el vídeo, te lo dejamos acá:

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