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domingo, 2 marzo 2014

Rodrigo Guendelman: «El tercer miedo»

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Rodrigo Guendelman: «El tercer miedo». HACE CASI cuatro años, a poco de haber debutado en la paternidad, escribí en estas mismas páginas sobre un miedo que recién empezaba a conocer y que tenía que ver con que a tus hijos les pudiera pasar algo malo, muy malo, terrible: desde un  accidente grave hasta la muerte. “El nuevo miedo” se llamó esa columna. Un año más tarde le di carácter de saga al asunto, cuando me referí  a una segunda preocupación que descubrí como padre con algo ya de experiencia: “El otro miedo” era el nombre de ese texto donde exponía el pavor de que a mi mujer o a mí, o a ambos, nos pasara algo grave y no pudiéramos estar en condiciones de hacernos cargo de nuestros hijos.

Pues bien, ahora con dos crías y una de ellas en edad de niño, y ya no de guagua, he decidido prolongar la teleserie con un nuevo miedo. El tercer miedo, ese vendría siendo el título del culebrón. Muy simple: uno quiere que a sus hijos los ame todo el mundo. Al menos, el mundo más cercano. No hay nada más agradable que escuchar a tus padres decir que su nieto es exquisito. Que tu hermana te diga que le encantan sus sobrinos. Que tus amigos te digan que el péndex es rico, lindo, amoroso, inteligente, choro, simpático y un larguísimo etcétera. Si hasta esperamos que la cajera del supermercado nos haga algún comentario, por breve que sea. Estamos tan embobados por nuestros hijos, tan compulsivamente enamorados, que tenemos baja autocrítica y no nos basta con que el resto del mundo los trate bien: queremos que los mimen, que los regaloneen, que los aplaudan, que los admiren. Aunque lo disimulemos, claro.

Pero pasa algo cuando el niñito o la niñita dejan de ser guaguas. Porque la cosa es así: hasta los dos o tres años, los niños tienen una alta tasa de descuento respecto de sus defectos.  Todo se les perdona porque son muy chicos. Si grita mucho, es porque es expresivo. Si no comparte, es porque está en la edad de. Si no se come la comida, es porque algo le debe hacer mal. Pero llega un punto en que, tan súbita como injustamente, el niñito es visto como un niño grande. Aunque tenga cuatro años. No más subsidio. Ahora, que se comporte. Que obedezca. Que comparta. Y, entonces, la adorable criatura de antaño empieza a ser objeto de crítica. Que se porta mal. Que es maleducado. Que no hace caso. Que hay que llevarlo al sicólogo.

Y los padres empezamos a enfrentar algo nuevo: ya no todos aman de manera irrestricta, incondicional, infinita e intrínseca a nuestro cabro. Ahora es con condiciones. Y entonces aparece el miedo. Miedo a que no los quieran tanto como nosotros. Miedo a que puedan empezar a hacerse reputación de insoportables, de rabiosos, de contestadores. Miedo a que tengan problemas en el colegio, a que los compañeros no quieran jugar con ellos, a que los profesores nos den a entender que cuesta soportarlos. En pocas palabras, miedo a que nuestro adorado heredero sea un problema para otras personas y que nadie más que nosotros sea capaz de ver su lado bueno, tierno, bondadoso y cariñoso.Un miedo que, inevitablemente, conecta con otro. ¿Cuán responsable soy de la manera en que ese niño se está formando? ¿Cuánto del carácter de mi hijo es genética pura y cuánto es crianza? ¿Soy demasiado flexible? ¿O demasiado autoritario? ¿Le doy demasiado amor? ¿O poco? ¿Dejo que me manipule porque admiro su capacidad de seducir al mundo, pero eso lo está convirtiendo en un insufrible? ¿Debería pegarle si excede ciertos límites? Y si eso fuera poco, todas esas dudas se cruzan con las trancas de nuestra propia infancia, lo que hace más difícil entender cuál es el “camino correcto”.

Uff. Es difícil esto de ser padre.  Peor aún cuando empiezan las comparaciones.  ¿Será que el hijo de mi primo es tan educado en la mesa porque sus papás son secos para “educar” o únicamente porque es introvertido? ¿Son tan buenas alumnas las hijas de mi amigo porque sus padres les inculcaron un estilo de responsabilidad o es porque nacieron con más CI? ¿Ellos lo están haciendo mejor que nosotros? No hay final feliz para esta columna, sólo dudas sobre dudas. Pero sí hay una convicción: los hijos nos convierten en personas temerosas. Y eso, aunque incómodo, es tal vez una condición sine qua non de este amor extraordinario, complejo y, definitivamente, vitalicio.

Por Rodrigo Gudendelman

www.guendelman.cl

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