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lunes, 22 julio 2013

Rodrigo Guendelman «¿Hasta cuándo se es joven?»

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Esta columna nace de una sensación. El domingo pasado, el día de de las elecciones primarias, me levanté contento. Ir a votar me parecía un deber cívico evidente y, al mismo tiempo, una actividad tremendamente sexy. Durante todo el día estuve atento a los pormenores a través de Twitter y, desde las seis de la tarde y hasta la una de la mañana del día siguiente, no me despegué de la televisión para seguir los resultados y escuchar los análisis. Pues bien, si ya había sentido algunos síntomas claros con anticipación, esta vez me cayó la teja definitiva: ya no soy joven.Aunque lo disfrace vistiéndome con mucho jeans y zapatillas, aunque me guste el graffiti y el stencil, aunque me haga el choro hablando de grupos musicales vanguardistas, lo cierto es que ahora soy un adulto hecho y derecho (nada de adulto joven, eso es un eufemismo barato). Un tipo que, enfrentado a un escolar en la calle que quiere saber la hora, será llamado señor. Un viejo.

Me entero que un estudio británico concluye que 28 años es la edad en que uno deja de ser joven. Que de ahí en adelante se transforma en una persona seria. ¿Cómo lo definieron? A los encuestados se les pidió nombrar los diez cambios más populares en el comportamiento, esos que demuestran la inevitable pérdida de la juventud. Y la respuesta más común fue que su carrera empieza a ser más importante que su vida sexual. Luego, cuando se encuestó a los mil participantes hombres y mujeres para saber a qué edad termina la juventud, otro de los indicadores fue no tener la menor idea de quién es el número uno en el ranking de éxitos musicales. O sea, ignorar ese ranking significa no ser joven. Si bien me parece que definir los 28 como la edad límite suena absolutamente exagerado, debo confesar que sí, me importa más mi pega que mi vida sexual y sí, desconozco y no me interesa en lo más mínimo quién es el Justin Bieber de este mes. Es decir, de acuerdo a ese estudio, hay razones de peso para mirar a la juventud desde la otra orilla.

Una investigación del Hospital Paul-Brousse de París, publicado el año pasado, dice que el declive mental comienza a partir de los 45 años. «La creencia general es que empieza a los 60, pero se observó esto en individuos de 45 a 49 años», dijo Singh Manoux, la autora. Si a eso el sumamos el control de la próstata que los hombres debemos hacernos sí o sí a los 45 años, los datos son contundentes. Claro, la Organización Mundial de la Salud explica que los índices de maduración social son diferentes según el entorno y la época. Y que en las sociedades desarrolladas, es cada vez mayor el número de jóvenes que ve demorada su independencia o pasaje a la adultez. Cierto. Pero eso sólo significa que lo que yo siento a los 44 años lo habría sentido, en el siglo pasado, quince años antes. No me sirve de consuelo porque, por mucho que hoy estemos viviendo hasta los ochenta años, tener más de cuarenta y excitarse con elecciones políticas son factores que me gritan con megáfono “Chao juventud”.

Hay más elementos objetivos. Veamos. Escuchar “la nueva Oasis” y conocer absolutamente todas las canciones, tomar más de tres pastillas diarias (aunque una sea Vitamina C), estar cerca o haber pasado el décimo año del crédito hipotecario, extrañar el programa de Cristián Warnken (aunque apenas lo viste un par de veces), reclamar en redes sociales por el fin de la Librería Qué Leo de Providencia, angustiarse por el monto acumulado en la AFP, conocer al menos tres columnistas de política de los diarios, tener la radio Disney entre las 6 memorias principales del auto (o sea, tus hijos ya son adolescentes o van en camino),  sentir nostalgia por la desaparición de la Galería El Patio, añorar los carros tipo “huevito” del Teleférico, conocer el nombre de al menos tres personas que trabajan en la sucursal de banco del cual eres cliente, ser cliente preferencial de ese banco, saber lo que cuesta la instalación de un cerco eléctrico en una casa, ir a bailar seguido a la nueva Gente o a la ya no tan nueva Eve (ambas, reencarnaciones de un pasado que, en este caso, claramente fue mejor), pagar una cifra sideral por la Isapre (especialmente si eres mujer), quejarse cada vez más por las cosas, odiar compulsivamente a los encapuchados y a cualquier cosa que altere el orden establecido, hablar de deberes cívicos, votar con ganas y, obvio, escribir una columna sobre cuándo dejas de ser joven.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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