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lunes, 5 agosto 2013

Rodrigo Guendelman: «La última estación»

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«¿A uno lo vienen a dejar o lo vienen a botar?», se pregunta el locutor de la radio del Hogar de Ancianos ante la muerte de uno de sus conocidos, quien sólo fue visitado por su familia los seis primeros meses y ahora, después de varios años de abandono total, viene en masa al funeral. La escena pertenece a “La última estación”, un extraordinario documental chileno sobre la vejez que se estrena en pocos días más. Estremecedor, emotivo y hermosamente filmado, este trabajo audiovisual deja hablar a los viejos a través de imágenes, de silencios y, sobretodo, de realismo puro.

No puede llegar en mejor momento: Chile envejece de manera vertiginosa. En diez años más habrá 3.825.000 personas mayores de 60 años, es decir, un 20% de la población total. Una cifra contundente si consideramos que, hasta 1970, eran el 8% de la población, en 2002 habían llegado al 11,4% y en 2009 representaban el 15% del total de habitantes. “En Chile hay un envejecimiento avanzado y se encuentra dentro de los países más envejecidos de la región; estamos segundos después de Uruguay”, dice la directora del Servicio Nacional del Adulto Mayor, Rosa Kornfeld, en el diario Pulso.

Volvamos al documental. En teoría, no es fácil estar durante una hora y media contemplando una historia de viejos (disculpen, pero lo de “tercera edad” me parece demasiado siútico y decir “abuelitos” lo encuentro un eufemismo digno de nuestra hipocresía) al ritmo y velocidad de sus protagonistas. Es más, los primeros diez minutos de “La última estación” pueden producir un fuerte deseo de arrancar y sacarle el traste a la jeringa. Metáfora precisa de cómo funcionamos frente a la vejez: no queremos verla, la escondemos, la bloqueamos. Sin embargo, los cinco años de trabajo que hay detrás de esta hermosa obra cinematográfica logran seducir hasta el punto de no entender cómo los 90 minutos pasan tan rápido.

Salí convencido de que este documental hay que mostrarlo en los colegios y que todos, niños, jóvenes y adultos, debemos verlo. Que es necesario entender la soledad, el abandono, la mirada perdida, el eterno silencio de los viejos que han sido depositados en un “hogar”. Que hay que aproximarse a esas dificultades que viven los ancianos. Les cuesta leer, les complica hacer un llamado telefónico, pierden independencia (y dignidad) día a día. Peor aún, el sistema de salud los desprecia. Los dientes ya no los acompañan. Muchos se aferran a la fe. Leen el diario de otra manera: revisan el obituario, día a día, para ver si encuentran a algún conocido. Usan lupas, bastones, andadores, pañales. Los hombres tienen las orejas muy largas pues, a diferencia de las mujeres, nunca les dejan de crecer. Duermen muchas horas en el día. Y se parecen demasiado a esa hermosa imagen del caracol subiendo el árbol, otro momento de lujo fotográfico en “La última estación”, donde todo es extremadamente pausado, donde todo implica esfuerzo y donde palabras como ansiedad y competencia no existen.

Son muchas las sensaciones que provoca este documental y a cada uno le significará proyectar sus propios miedos, sus dudas, sus rabias. A mí, al, menos, hay dos ideas que me quedaron dando vueltas en la cabeza. La primera: a tus padres no los puedes ir a botar a un asilo. Así de simple. A menos que sea el deseo explícito de ellos (cosa muy rara) o que por algún tipo de demencia senil se transformen en seres altamente violentos. Incluso en ese caso es discutible. ¿Porqué dejarle el problema a otro?

La segunda: ver cómo viven nuestros viejos es ver el grado de desarrollo que tiene nuestra sociedad. Después de enfrentarse a “La última estación”, la sentencia para nuestra realidad es clara, obvia y apabullante. La gran mayoría de los viejos de Chile viven abandonados por sus familias, descuidados por el Estado y completamente aislados de la vista de quienes somos menores que ellos. Un verdadero ejercicio de negación y ceguera, pues todos los que hoy bypasseamos la realidad pronto  envejeceremos y seremos víctimas de nuestro propio egoísmo. A menos que. Que nos dejemos de hacer los pelotudos. Que empecemos a hablar de lo que viene después. Que paremos con los eufemismos insoportablemente infantiles. Que seamos mucho más generosos con nuestros propios padres. Que veamos “La última estación”.

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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