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lunes, 12 agosto 2013

Rodrigo Guendelman: «No creo pero quiero»

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Están los creyentes. Esos que saben que Dios es único, grande y suyo. Están los ateos. Esos que tienen la suerte de tener íconos como Hitchens y Dawkins. Están los agnósticos. Esos que no están ni ahí con el tema de la fe y del ser superior. ¿Pero dónde quedamos los demás? Me explico. No me considero creyente, pues me faltan demasiados palos para el puente de la fe. Es decir, tengo serios problemas con la mayoría de los ritos que exige cualquier religión, detesto por sobre todas las cosas a los fundamentalistas y tampoco sé si creo en Dios. No soy ateo, pues no estoy seguro de que Dios no exista, pero tampoco pondría mis manos al fuego.

No soy agnóstico porque el tema, aunque no sea mi máxima preocupación, sí me interesa. O sea, no clasifico en ninguno de los tres grandes grupos. Y estoy seguro de que a varios nos pasa algo parecido. El problema se me acrecentó con la paternidad. Desde hace cuatro años y un mes, cuando nació mi primera hija, estoy lleno de miedos nuevos. Tiemblo de susto de que a mis hijos le pase algo, tirito de miedo de que a mi mujer le pase algo y también me hago pipí de sólo imaginar que a mí me pase algo y no pueda estar para apoyar a mi familia. Entonces, cada vez que me enfrento a uno de estos pensamientos catastróficos, tengo un reflejo, un mecanismo automático para controlar la ansiedad: rezo.

Es una oración de sólo siete palabras que me sé de memoria desde chico, que puedo decir en menos de dos segundos y que funciona como antídoto contra esa maldita ansiedad. Por eso, si alguien me pregunta si tengo fe, me veo obligado a contestar algo así como “no, pero sí”. O, “no tengo, pero quiero tener. O “no sé si creo en Dios pero necesito creer en algo”. Vuelvo a preguntar: ¿en qué categoría quedamos los no creyentes que queremos creer? Sé y estoy seguro de que esta trampa filosófica me va a acompañar hasta siempre, pues soy y seguiré siendo padre de familia hasta el último día.

Y no tengo duda alguna de que cada vez que lea una noticia triste o terrible donde haya hijos de por medio, tendré que aferrarme a ese algo para pedir por los míos. No me la puedo solo. Mis altos niveles de cinismo se escapan instantáneamente apenas tengo uno de esos pensamientos negativos, apenas el miedo por mis cabros recorre mi espina dorsal. Y qué decir de los momentos difíciles de verdad, esos que te tocan directamente. Sólo he tenido uno, gracias a Dios (¿ven? le doy las gracias igual, aunque no tenga muy claro quién es ni qué significa creer en él). Fue cuando mi hijo menor tuvo una neumonía a los veinte días de haber nacido y debió ser internado por una semana en la UTI. Recé harto, hasta recé en rumano (mi mamá es rumana y me enseñó un rezo que no entiendo pero que me funciona como mantra), y volví a confirmar que, cuando se trata de hijos o familia muy cercana, todos los argumentos racionales, tangibles, analíticos y científicos se van al carajo.

¿Qué somos los que no creemos pero queremos creer? Al menos, sé lo que no somos. No creemos en verdades absolutas y absolutistas. No creemos en pueblos elegidos ni en santos ni en vírgenes que te esperan en el cielo. No soportamos a los que se creen dueños de la verdad y admiramos a quienes dudan. Por eso me cae bien Felipe Berríos y tiendo a sentirme demasiado cómodo con los católicos de formación jesuita: su habitual preparación e inteligencia les hace ser más escépticos, menos dogmáticos, más rebeldes. Por eso me cae bien el único rabino al que admiro: tiene mi edad, tiene hijos, tiene señora, tiene fe y tiene dudas, cree en lo que hace pero siente el mismo rechazo que yo por los que confunden la religión con un manual de instrucciones acerca de cómo vivir la vida.

Quizás escribo esta columna para buscar más socios de este extraño club, el de los que no creen pero necesitan creer. Quizás esta columna le sirva a algún otro náufrago de la fe, a otro ser que no calza en esos grandes grupos donde la mayoría de la gente tiende a identificarse. Si es así, hágalo saber. Capaz que podamos reunir las firmas, convertirnos en partido y hasta tener representante. Total, donde caben once candidatos, caben doce. Onofre?

Por Rodrigo Guendelman

www.guendelman.cl

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