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sábado, 7 mayo 2016

Tailandia, un país lleno de intensidades

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Una de las ventajas mas grandes de vivir en Hong Kong, es tener a Tailandia a dos horas de avión.

Nunca pierdo la oportunidad de ir, aunque sea por un par de días. Con John y Sofi atravesamos el país en tren y autobús. Los paisajes van cambiando desde Bangkok a Surat Thani. La ciudad desaparece, y empiezan a emerger montañas de punta roma, que surgen del mar turquesa al igual que de la selva copiosa e interminable. Los caminos se hacen más estrechos, y los puestitos reemplazan a las tiendas. Hay una cosa, sin embargo, que nunca cambia: Tailandia es, estemos donde estemos, un lugar lleno de intensidad.

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En Tailandia no hay término medio

En Tailandia, no existen las medias tintas. El calor es aplastante. La humedad, inescapable. Las escenas naturales son imponentes, los colores siempre subidos de tono. Las mujeres llevan vestidos de rojos, púrpuras y amarillos vivos; los templos están adornados en mil tonos que se mezclan en intrincados diseños, el mar es de un aguamarina indescriptible.

Los mercados llenan el aire de olor a jazmines, albahaca, hierba de limón, jengibre y flores que no he visto nunca antes, todo apilado en el suelo, o en puestitos y carritos callejeros. La gente saluda, ofreciendo siempre una sonrisa, con su versión del namastè, el wai. »Sawatdi-kha» dicen, mientras juntan las palmas con gracia y elegancia.

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Dar una vuelta en un tuk-tuk de Bangkok o Phuket es como ser disparado en un dardo al corazón de un avispero de autos, carritos, miles de motocicletas y otros tantos tuk tuks, que se esquivan vertiginosamente y doblan sin advertencia (Sofi disfrutaba increíblemente de estos paseos, mientras John y yo la aferrábamos con nuestros brazos al asiento, un poco asustados, un poco divertidos, un poco riéndonos, un poco rezando).

Incluso las actividades relajantes impresionan los sentidos. Un masaje tailandés, aplicado en salones o a la vera del mar, corta la circulación de la sangre en puntos específicos, liberándola segundos después. El torrente de sangre caliente, que se vierte como la lava de un volcán, llena los tejidos de energía y vitalidad.

La cocina tailandesa

La comida merece un párrafo, o mejor un artículo (está bien, un libro) aparte. En cierto sentido, la cocina tailandesa se encuentra al otro lado del espectro de la cocina japonesa: ésta última se concentra en la preparación de recetas simples, con ingredientes delicados, con sabores logrados lentamente, con preparaciones de pocos elementos en armonía, buscando siempre el equilibrio.

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La cocina tailandesa, en cambio, es un estallido, una vez mas, de intensidad. No solamente por la complejidad y la cantidad abrumadora de ingredientes, sino porque todos estos son protagonistas al mismo tiempo. No hay un solo sabor o textura principal: todo es dulce, ácido, salobre, con notas de limón, curry y un sinfín de especias. Todo es picante. Muy picante.

Una cucharada de Tom Yum Goong es un bombardeo para los sentidos. El bol de arroz al vapor que la acompaña para contrarrestar el efecto no alcanza, tampoco el agua de coco, y la Singha helada no ofrece defensa. No queda otra cosa por hacer, pues, que redoblar la apuesta y echar mas chiles, mas albahaca fresca, mas cilantro, mas jugo de limón.

Porque no vinimos hasta Tailandia para quedarnos en nuestra zona de confort. Llegamos a este hermoso torbellino de intensidades para sorberlo, para tomar una bocanada grande e hinchar los pulmones, para abrir los sentidos y dejarlo entrar.

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Hasta la próxima!

Ludmila Baker

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